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Laura de Hoy

Prólogo

Laura de hoy apareció el 29 de junio de 1980, en el Suplemento joven del diario La Nación, que salía los domingos.Continuó durante once años, hasta marzo de 1991, cuando recién graduada de licenciada en periodismo -y por decisión de la autora-, se despidió de sus entrañables lectores.
Al cabo de una década nos pasaron muchas cosas. A ella, al país, a mí. "Laura de hoy", único personaje de ficción (al menos, argentino) que creció cronológicamente, empezó a los 12 años, y terminó a los 23.
Cada publicación era una crónica inspirada en hechos de la vida cotidiana, y en las historias que enviaban lectores de todas las edades, de todo el país y de otras fronteras.
Tuvo tanta repercusión, que Editorial Galerna publicó una saga de tres títulos, que vendió más de veinte ediciones. Laura de hoy, una adolescente argentina, 1984. Laura de hoy crece, 1986. Laura de hoy, Laura de siempre, 1991.

Algunas historias:

Laura de hoy, una adolescente argentina
Nuestro dolor


– Decime, Laura, ¿me acompañarías a entregar un regalo? Mi mamá está con gripe y no quiero ir sola. Se trata de Elena, una mujer excepcional, que cumple años – me propuso mi amiga Mariela.
– Sí, te acompaño.
– Escuchá, antes de que la conozcás quiero anticiparte que Elena ha perdido a uno de sus hijos en las Malvinas. El muchacho tenía apenas dos años más que mi hermano Rodrigo.
Confieso que por un momento me arrepentí de acompañar a Mariela. Imaginé que esa señora no tendría el menor interés de recordar su cumpleaños y de recibir visitas. Mariela comprendió mi súbito cambio de ánimo.
– No te preocupés, Laura, verás que vale la pena conocer a Elena. Ella pertenece a esa clase de gente que sabe sobrellevar su dolor con valentía y dignidad.
Cuando llegamos a la casa, salió a recibirnos una mujer simpática que agradeció el regalo y recibió nuestra presencia con auténtica calidez. Se interesó por la salud de la mamá de Mariela, averiguó qué tal marchaban nuestros estudios y nos convidó con torta casera.
Irradiaba serenidad, como si nada grave la hubiera golpeado profundamente. De pronto, preguntó:
– ¿Cómo anda Rodrigo? ¡Debe estar grandote ese pelirrojo pícaro!
Y sin esperar respuesta, prosiguió:
– ¡Ah, Gonzalo lo quería muchísimo! Sentía admiración por tu hermano, ¿sabés, Mariela? Lo asombraban sus aficiones tan contrapuestas: el violín y el rugby. Mi hijo, en cambio, desde chiquitito manifestó una definida vocación por el dibujo. ¡Qué fanático! Para mi desesperación, hasta los marcos de las puertas se esmeró en decorar con lápices de colores. Era un caricaturista sensacional, aunque pensaba dedicarse a la historieta.
No me atreví a alzar los ojos del piso, por miedo que las lágrimas delataran mi tristeza. Mariela, a su vez, se sonó la nariz con fuerza: no pudo evitarlo. La dueña de casa se dio cuenta del clima de tensión que había creado, involuntariamente, y nos tranquilizó:
– Disculpen, chicas. Pero cuando estoy cerca de los jóvenes me vienen ganas de hablar de mi hijo Gonzalo. Es extraño, nunca sospeché que sería la madre de un héroe, de un pichón de héroe... Para mí, Gonzalo todavía era un nene. ¡Tan atolondrado e infantil para ciertas cosas! Se disgustaba por su escasa barba y porque no había desarrollado el físico corpulento de su padre. Yo lo consolaba: “Tenés 19 años recién cumplidos. Te queda mucho tiempo por delante”. ¿Cómo iba a imaginarme que...? Lo despedí con congoja y con esperanza, igual que todas las madres. Y en el fondo de mi alma lo sigo esperando.
Rato después, cuando abandoné esa casa, deseé que la historia hubiera sucedido en una pesadilla. Las pesadillas tienen ventajas: una siempre despierta de ellas, y ahí están mamá o papá para tranquilizarnos.


Laura Crece
A un semejante


A veces me atacan esos arrebatos: me gusta mimar a mamá. Esta vez, como le encantan los baños de inmersión con sales perfumadas, dejé correr el agua de la bañera y la cubrí con una espuma placentera y sedante.
Mamá se mostró gratamente sorprendida y cuando se zambulló en ese mar de burbujas, pidió que me quedara con ella.
– Voy a contarte algo muy importante, sospecho que te va a asombrar. Tenía planeado hablar del asunto cuando estuviera toda la familia reunida. Pero estoy impaciente, lo reconozco, así que tendrás la primicia.
– ¡Cuánto misterio! Debe ser algo fuera de lo común: vos nunca te andás con vueltas.
– Es cierto. ¿Sabés qué me pasa? Mirá, Laura, siento una rara mezcla de orgullo
y de satisfacción por la tarea cumplida... Acabo de donar mis órganos para cuando
me toque morir. Decidí, por fin, concretar algo que vengo pensando desde hace tiempo y que postergaba, no sé porqué.
– ¿Cómo que donaste tus órganos? ¿Querés decir que...?
– Esperá, chiquita, no te angustiés. Por eso daba vueltas para encarar el tema: es delicado y no quiero que te asustés ni tengás fantasías raras. En nuestro país la gente no está lo suficientemente concientizada para hablar del asunto con naturalidad. Es un problema de educación. Yo resolví que no podía demorar más el trámite cuando me presentaron a Carlos Estévez.
– ¿Quién es?
– Un rosarino de 29 años, restaurador de monumentos y obras de arte en la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. A los ocho años enfermó de los riñones y tuvo que someterse a un tratamiento que se llama diálisis. Consiste en suplantar el trabajo que no hacen los propios riñones por uno artificial. En 1980, gracias a un trasplante que recibió en Estados Unidos, su vida cambió. Ahora es un hombre recuperado y activo. Sin embargo, no olvida que en la Argentina hay más de tres mil enfermos que esperan, impacientes, recibir un trasplante de riñón.
– Decime, ¿aquí la ciencia no está tan avanzada?
– Al contrario, Laura. El país cuenta con una tecnología y capacitación necesarias
para atender a todos. Lástima que faltan órganos. Como te aclaré, se trata de un problema de concientización.
– Ya entiendo. Cuando los riñones no funcionan hay que someterse a la diálisis, hasta que se presente la oportunidad de un trasplante.
– Eso mismo. Y este tratamiento, querida, es muy penoso, angustiante: se depende de él para conservar la vida.
– ¿No tuviste miedo, mamá?
– No, me sentí muy solidaria, gratificada. Ojalá logre entusiasmar a otros. Estoy segura de que papá adherirá.
– Yo sí tengo miedo.
– Por favor, escuchame. Como todo el mundo, también yo pretendo vivir muchos, muchos años. Pero cuando me llegue el turno, quisiera ser útil a otro semejante para que continúe viviendo con dignidad. Después de muertos no necesitamos los ojos, ni el corazón, ni los riñones. No necesitamos nada. Por eso, si ninguno de estos órganos están demasiado cachuzos, sirven para salvar a otra persona.
Metí medio cuerpo en la bañera para abrazarme a mamá. Me mojé toda. El agua espumosa se mezclaba con mis lágrimas. No era para menos: lloraba de emoción, de miedo, de admiración, y también por enterarme de un tema que se difunde poco, sobre todo entre los jóvenes.


Laura de hoy, Laura de siempre
La Violencia


– ¿Qué linda está tu casa, abu, veo cosas nuevas!
– No, nena, son viejas, las tenía guardadas. Cuando me aburro de la misma decoración, hago cambios.
– ¿Quién es ese señor de la foto? No lo conozco.
– Ahhh, uno de mis ídolos: el doctor Jonas Salk, descubridor de la vacuna contra la polio, ¡un genio! Ahora está ensayando una vacuna experimental para combatir el SIDA.
– ¿Cómo, la vacuna contra la polio no se llama Sabin?
– Sí, claro; años después, otro científico extraordinario, Albert Sabin, la perfeccionó. En vez del pinchazo, aparecieron las célebres gotitas. Qué cosa, hoy resultan comunes, accesibles para todos. Sin embargo, a mediados de la década del cincuenta, cuando comenzó a aplicarse la Salk, parecía un milagro. Estábamos completamente indefensos, Laura, la parálisis infantil producía estragos. Jamás olvidaré la epidemia que nos tocó vivir y el pánico de que mis dos nenas se contagiaran.
– ¿Debe estar viejo, no? ¿Cuántos años tiene?
– Setenta y seis. Trabajando siempre, para mejorar la calidad de vida de los seres humanos. Jamás recibió el premio Nobel de Medicina ni fue admitido en la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, su país.
– Menos mal que no se deprime y sigue luchando. Por algo es un sabio. Podría descubrir una vacuna contra la violencia, ya no se aguanta. Hay noticias horribles, estremecedoras: la semana pasada mataron a un chico de 20 años para robarle su walk-man. Fue acá nomás, a pocas cuadras de casa. Pude haber sido yo, Andi, alguna de mis amigas...
– Sí, lauchita, me enteré: pasan cosas tremendas. Tocamos justo los dos extremos. En una punta, están quienes se ocupan de construir aportando paz, amor, abnegación. En la otra, quienes hacen, precisamente, lo contrario.
– Tu explicación no me tranquiliza, abu. Ya sé, hay gente maravillosa, de diez. Estuvimos conversando de este tema con papá. Pero la realidad no se puede negar y aunque la violencia sea un hecho cotidiano, a mí me cuesta aceptar que existe entre los propios adolescentes. Explicame, ¿cómo voy a desconfiar, cómo
voy a tenerle miedo a un par? Para nosotros, la amistad es lo más grande del mundo, ¿entendés? Todavía conservamos la pureza y somos capaces de escribir los versos más románticos, los mensajes más
sinceros.
– Lo sé, Lau. Por desgracia, millones de criaturas no tienen edad; maduran mal y pronto, porque la brutalidad y la miseria es la única vida que conocen.
– Uno de los pibes que mataron al chico del walk-man, tiene apenas 14 años. ¿Te das cuenta? ¿Es un nenito! ¿Me ayudás a entender cómo se cura esta epidemia? ¿Con cuál vacuna?
– En esto la ciencia no influye; el cambio deben producirlo las personas, transformando la sociedad en un sistema más justo.
– Palabras, palabras. ¿Y mientras tanto, qué?
– Mientras tanto, continuar sembrando y sembrando. Sigue siendo lo más efectivo para defender la paz. Y apostar a la vida, a pesar de todo.


Acompañarnos
No estoy para nadie, escribí en una hoja de anotador y la pinché en la puerta de mi dormitorio, del lado de afuera. La cama me sirve de refugio, hago un nido con las sábanas, escondo la cabeza bajo la almohada. De tan acurrucada, parezco un caracol. Recuerdo una frase: La risa es salud. Recuerdo otra frase: No conviene reirse mucho, los gestos forman arrugas. ¿En qué quedamos? ¡Cuántas contradicciones! ¿Será esto lo que se conoce como doble mensaje?
Sueño todo el día. Sueño despierta, con los ojos abiertos, y esa ensoñación me permite escapar de lo cotidiano. Ando dispersa, ausente, sin esfuerzo. Hago las cosas tan mecánicamente que no me doy cuenta. Busco la manteca y resulta que la guardé en la heladera. Pierdo las llaves; pero ya las había metido en la mochila. Intento darle cuerda al despertador, se traba, no puedo. ¡Qué idiota, ya tenía cuerda!
Sólo el amor puede sostener, dice una canción del flaco Spinetta. Coincido con la letra, me siento identificada. El amor es energía, estímulo, apoyo. El amor da coraje. Sin embargo, del dicho al hecho hay mucho trecho. El asunto es dejarnos de teorías y ponerlo en práctica, transformarlo en acción. Acá viene lo difícil, peor que escalar el Aconcagua sufriendo de vértigo.
Si el amor es lo más grande, lo máximo, ¿por qué será que la gente se quiere tan poco o tan mal? Me refiero a la gente que tiene la sartén por el mango, la que nos guía con su experiencia y su ejemplo. A nuestra edad somos solidarios, confiamos en los demás, creemos en un mundo mejor. A nuestra edad ¡nos amamos tanto!
Ni vos ni yo somos amarretes a la hora de decir te quiero, te requiero, te extraño, te necesito, contá conmigo, ¡gracias por existir! Y tantas otras palabras cariñosas, sinceras, dulces, conmovedoras. Palabras que, con el correr del tiempo, dejan de pronunciarse y de escribirse. Se callan, se pierden, se archivan.
Así, poco a poco, a fuerza de no decirlas, de espaciarlas, de silenciarlas, pierden su valor, se olvidan. ¿Dónde irán las palabras que no se dicen? Por favor, no permitas que las tuyas se marchiten.
Hoy, más que nunca, preciso tu compañía.
Hoy, más que nunca, sin distinción de edad, vos y yo nos hacemos falta.


Dionisia Fontan | ComoDigoLoQueDigo 2005-2017 - Todos los derechos reservados - dionfontan@hotmail.com


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