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Buena Vida › Tendencias
¿Y si bajamos los decibeles?
Estar ocupado y estresado, ahora, es signo de prestigio. Y aunque el movimiento “slow” todavía resulta una utopía, vale la pena bajar el acelere que nos impide pensar, crear y disfrutar.

14/03/2014


"Yo soy mi propio enemigo, el responsable de generar estrés con mi eterna impaciencia, lo cual resiente la convivencia laboral", admitió el dueño de una agencia de viajes dispuesto a modificar su ritmo vertiginoso.

Con veinte personas a cargo, cuya edad promedio no sobrepasa los treinta años, y una franqueza poco común, Andrés me propone organizar con su gente un taller que le permita hacer foco en su eléctrica manera de conducirse y así, entre todos, buscar estrategias que ayuden a disminuir los decibeles.

Comienza el entrenamiento en un clima amigable. El personal se manifiesta con naturalidad y salen a relucir las debilidades del jefe que provocan más nervios y más presión de la que quisieran. "Mientras Andrés atiende dos celulares al mismo tiempo, está atento a mi conversación con un cliente.

Para peor, me hace gestos con el ánimo de colaborar y sólo consigue que me abatate", comenta una de las empleadas. "Para mí, en vez de ayudar, embarra la cancha", afirma un muchacho.

"Como siempre nos pide que seamos breves, cuando voy a su oficina llevo una especie de machete con los temas a tratar, así voy al grano, como a él le gusta", se suma otra compañera."Por un lado nos impulsa a tomar decisiones, a ser menos dependientes, pero si no resolvemos las cosas pronto, ya, entonces las soluciona él y listo", desliza uno de los más nuevos del equipo.

"Sí, claro, yo me doy cuenta de que en lugar de aliviarlos creo conflictos. Mi apuro por colaborar con ellos es para ahorrarles situaciones complicadas, que ya conozco porque las viví. Me cuesta corregir esta conducta: necesito ocuparme de todo. Sin embargo, ni yo mismo puedo creerlo -reconoce, sonriente-, ustedes son testigos de que hago un esfuerzo enorme para dominar la ansiedad que me provoca tener los dos celulares apagados desde hace, casi, tres horas".

Mal de estos tiempos, el acelere se convierte en un obstáculo para pensar, crear, escuchar y disfrutar. Impuesto como estilo de vida, ocupa todos los espacios y en el medio laboral está muy arraigado. La dupla ocupado-estresado ahora se considera un signo de prestigio. Aunque la experiencia demuestra que cuando actuamos con extremo apuro, lo que nos rodea pierde calidad.

Número dos de la agencia, a Damián lo describen como un tipo sereno, capaz de poner paños fríos y de evitar más de una gresca. Confiesa que después de haber leído “Elogio de la lentitud”, del canadiense Carl Honoré, se sintió muy identificado con el autor. "Cuando me enteré de que este gurú del ‘anti apuro’ había sido un periodista que se pasaba corriendo de aeropuerto en aeropuerto, lo tomé en serio. Si él fue capaz de pegar semejante volantazo, yo también podía intentarlo".

Sus compañeros lo llaman "el zen" porque en las situaciones caóticas, Damián repite algunas de las reflexiones de Honoré. "En momentos de tensión, cuando hablamos a los gritos, nos interrumpimos y no nos escuchamos, repito frases que se me pegaron. Por ejemplo: ‘Vivir de prisa no es vivir, es sobrevivir. Conviene parar un rato y reconectar con la tortuga interior’. Por supuesto se burlan, me gastan. Poner en práctica un ritmo más lento en un ambiente hiper ligero, lleva tiempo: antes hay que preparar el terreno".

"Es lo que estamos haciendo con este encuentro: preparar el terreno", aclaró el dueño de la agencia. Muy meritorio de parte de Andrés, quien no tuvo el menor reparo de escuchar las críticas y las observaciones de su gente. Sana actitud que, la verdad, no abunda y debería repetirse en otros lugares de trabajo, pequeños o grandes.

Si bien a nivel global aún puede resultar utópica, la idea de reemplazar el estado de urgencia por otro menos agitado, más placentero, todavía se considera una iniciativa para minorías, existen más personas de las que creemos que adhieren a la buena vida. La que nos merecemos. La única que tenemos.

Y ya que abordamos el tema, conviene recordar que el movimiento slow (lento) comenzó en Roma, en 1986, como respuesta a la aparición de un local de comida fast (rápida). Es que, entre sus muchos defectos, el culto a la velocidad impide disfrutar de un sabroso plato no apurado.

Buena Vida › Tendencias
Registrame, por favor
Cada persona es una usina de información. Ocurre que vivimos encerrados en nosotros mismos, acelerados, dispersos y no advertimos las señales que nos envían.

24/02/2014


Escuché por radio comentar a una periodista que cuando su marido manda o recibe mensajes de texto, es incapaz de alzar la vista para observarla. Como si estuviera solo.

Durante una entrevista con un psicólogo, especialista en terapia de pareja, comentó que en su consultorio los casos que más se reiteran tienen que ver con la incomunicación.

Aunque la tecnología suma un factor más al problema, nuestros abuelos se quejaban de lo mismo. En las parejas predominaban el silencio y los monosílabos. Era común.

La anécdota con la cual inicié esta columna me dio pie para referirme a una conducta (un déficit) que impide que las personas interactúen. La dificultad de registrar a quien tenemos delante.

En efecto, cuesta registrar a la otra persona. Darse cuenta si está cansada, apurada, de malhumor, si el tema no le interesa… Entonces, claro, metemos la pata, somos imprudentes.

Como, por ejemplo, el empleado ansioso que acorrala a su jefe –recién llegado- para comentarle temas personales (“tengo que salir más temprano” o “el dentista me cambió el turno”), mientras el jefe lo observa irritado y no sabe cómo sacárselo de encima.

Comunicar es mucho más abarcativo que hablar. El lenguaje no verbal incluye observación, mucha; percepción, sensatez, paciencia para esperar el momento propicio.

Cuando alguien llega a una reunión e interrumpe la charla de un grupo con el afán de hacerse ver o porque piensa que es gracioso, se equivoca, lamentablemente. ¿Por qué? Porque no tuvo la mesura de esperar un rato para captar el clima, para actuar con discreción y no caer como un paracaidista. Y porque esta modalidad cae mal.

Registrar al otro, a los demás, supone salirse del propio ombligo y dominar la incontinencia verbal. El lenguaje de los gestos representa el 55% de la comunicación cara a cara. Primero me ven y después, con suerte, me escuchan. Cada persona es una usina de datos. Ocurre que vivimos ensimismados, acelerados, dispersos y no advertimos las señales que envía el interlocutor/a. O peor, todavía: las ignoramos.

Tan poderoso es el lenguaje de los gestos que explica –casi todo- sin mediar palabras. Al respecto, los enamorados pueden dar cátedra.

La mamá reconoce que su hijito tiene fiebre, aunque la criatura no sepa hablar. Y los chicos olfatean que se anticipa el reto con sólo ver las caras de sus padres.

Quienes son torpes para darse cuenta de lo que está diciendo su prójimo con la mirada, con la actitud corporal, con el movimiento de sus manos (nerviosas, crispadas), es probable que, además, sea alguien invasivo, esa clase de gente que golpea la puerta y entra antes de escuchar: “pase”. O bien, en la oficina, se instala junto al escritorio de una compañera que está ocupada y le da lata sin la menor consideración: el otro/a no le importa.

Por supuesto, tampoco registra la violencia que genera a su lado.

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Miedo al silencio
El silencio es útil para pensar, escuchar y encontrarnos con nosotros mismos. Utilizado como castigo, resulta el peor de todos y demuestra incapacidad para dialogar.

10/02/2014


Estamos en deuda con el silencio, no lo practicamos ni lo defendemos. Se lo relaciona con enojo, desinterés, indiferencia, castigo, y en este último caso provoca mucho rechazo. Le tenemos miedo, nos resulta insoportable y por eso lo llenamos de palabras inútiles, que no dicen nada. El asunto es ahuyentarlo, que desaparezca.

Sin embargo, el silencio es muy necesario: para pensar, para decidir, para encontrarnos con nosotros mismos, para analizar situaciones, para ordenar y seleccionar toda la información que recibimos.

Los porteños (grupo social que más conozco) somos tan ruidosos y escandalosos, que nuestra conducta puede considerarse como una total ausencia de respeto. Vivimos en una ciudad con alta contaminación auditiva y al barullo exterior hay que sumarle nuestro barullo interno, esos parloteos en la mente que no cesan nunca. Hablamos alto, a los gritos, aun en esos espacios que requieren bajar el tono de voz.

Corremos los muebles a la madrugada, sin pensar en el vecino que vive en el piso de abajo. Subimos el volumen para escuchar música como si estuviéramos en una disco. Y pronto en bares y cafés repartirán micrófonos portátiles para poder escucharnos.

Los típicos chocolatineros de los teatros ampliaron tanto sus ofertas que ahora venden papas fritas para devorar durante la el espectáculo sin que al responsable de la sala le importe que, ahí nomás, los actores trabajan en vivo ocupándose de mantener la concentración. Y aunque, previamente, una voz en off rogó apagar los celulares, siempre suena alguno (o varios).

El que calla no siempre otorga

Semejante impunidad para desentenderse de las más elementales normas de convivencia se denomina falta de respeto, conducta en franca decadencia. Cada uno de nosotros integra esta sociedad y no parece tan complicado darse cuenta de que silencio y respeto forman una dupla inseparable. Un viejo refrán sentencia: “El que calla otorga”. ¿Por qué? ¿Acaso no se pueden encontrar mejores interpretaciones?

El que calla –muchas veces- trata de actuar con inteligencia para no enroscarse en la pelea, para no devolver la agresión con más violencia ni para lucirse quedándose con la última palabra.

En grupos laborales, familiares o en la pareja, el silencio como castigo es el peor de todos y merece ser revisado y tomado en serio. Cuando el silencio se prolonga e incomunica hasta la exasperación, además de dificultad para el diálogo revela resentimiento y cierto placer por someter al castigado.

Como las mujeres, a menudo, se quejan de que sus maridos o compañeros les hablan poco y tienen que sacarles las palabras con tirabuzón, elegí esta conmovedora reflexión de Mercé Conangla y Jaume Soler, autores del libro "Ecología emocional":

“El silencio, presencia muda de todo, es tan importante como el diálogo. Nos referimos al silencio pleno y no al que resulta de no saber qué decir. Una relación funciona cuando es posible sentirse cómodo callados, cuando la mera presencia puede comunicar. Hay momentos en los que las palabras no bastan o nos sobran, y en estos casos el silencio es el lenguaje más adecuado si lo vivimos desde la plenitud y el equilibrio: silencio-mirada, silencio-sonrisa, silencio-tacto, silencio-atento… Mil posibilidades para explorar este camino de intimidad”.

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Perdón, se me soltó la cadena
Una de las dificultades para interactuar es no reconocer, negar o ignorar los errores. Cuesta disculparse; a este gesto se lo considera señal de flaqueza y, en realidad, lo es de grandeza.

03/02/2014


“¡Disculpá, estuve mal!”
¡Lo siento, me fui de boca!”
“¡Me equivoqué, lo dije sin pensar!”
“¡Cometí un error, me arrepiento!”
“¡Por favor, no te ofendas, estuve pésima!
“¡Perdón, se me soltó la cadena!”
    
Si en la vida diaria estas expresiones se repitieran más a menudo, tendríamos menos problemas para comunicarnos. Parece mentira, sin embargo, pedir disculpas, arrepentirse por un comentario inoportuno, agresivo o de mal gusto, representan una de las mayores dificultades para Interactuar.

En mis cursos siempre formulo la siguiente pregunta: ”¿Le cuesta disculparse, pedir perdón?” Y son pocos los que contestan: “No”. 

Si bien se trata de encuentros mixtos y hay mujeres que reconocen esta limitación, todavía muchos varones continúan siendo los más reacios: consideran que aceptar que no estuvieron bien o que cometieron un error significa un signo de debilidad, de flaqueza.

Ocurre todo lo contrario: en realidad, se trata de un signo de grandeza. Como aún persiste el mito de que un hombre fuerte -en especial, con poder de decisión- no puede permitirse gestos de humildad, la sola idea de admitir un equívoco, una metida de pata, le genera más vergüenza que la acción errónea que cometió.

A pesar de que escucho numerosas historias de maltrato laboral y no menos quejas sobre jefas y jefes intratables, en las empresas modernas (que las hay), los líderes no tienen reparos de exponer sus dudas o desaciertos y de esmerarse en demostrar empatía con sus subordinados. Es que se han preparado lo suficiente como para darse cuenta de que su fortaleza y su liderazgo no declinarán si se permiten mostrar el costado humano que los acerca más al personal. 

Cuántas familias se dividen porque el hijo o la hija esperan que la madre o el padre tomen la iniciativa de pedirles perdón y a la inversa. Y así derrochan años, se llenan de tristeza, de desamor, de indiferencia.

Cuántos amigos se separan porque piensan distinto. ¿Desde cuándo es imposible que las ideas y los sentimientos convivan? Podrán mantener agarradas, distanciarse por un tiempo… De ahí a no verse nunca más con el amigo de la infancia o el compañero de la facultad, ya parece demasiado. Difícil de digerir.

Qué importa quién arriesga el primer paso y reanuda el diálogo. Vale la pena sortear el miedo a un posible rechazo, a cierta frialdad. Y si el reencuentro prospera, no hará falta pedir perdón, ni excusarse. Sólo retomar la charla. La amistad fluirá, como antes.

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"Contá conmigo": el valor de la palabra
Cuando la palabra pierde valor, la confianza desaparece. Por eso, ser destinatario de esta expresión tan sanadora representa un sostén afectivo y nos reconcilia con la vida.

27/01/2014


“Contá conmigo”. Si estas dos palabras son auténticas y se dicen de corazón, para quien las escucha deben representar un poderoso sostén afectivo amasado con amor, solidaridad, empatía, amistad, compañerismo…

Contá conmigo tiene una especial connotación. Significa, nada más ni nada menos, que ponerse en el lugar del otro, conducta que extrañamos porque, la verdad, escasea.

Transitamos tiempos de relaciones frágiles, líquidas, como las define Zigmunt Bauman. De poco compromiso. La sospecha está a la orden del día y la confianza no recibe gran estímulo.

“Es que nadie cree en nadie, ante semejante realidad esperar que el otro (la otra) se atreva a insinuar 'contá conmigo', es como pedirle peras al olmo”, comentó el participante de uno de mis cursos.

“Opino igual –se sumó una compañera del grupo-. Cada vez vivimos con mayor desconfianza, invertimos tiempo y energía en averiguar si quien tenemos al lado o enfrente trata de engañarnos, de manipularnos o de sacar ventaja”.

El entusiasmo fue en aumento: el mayor de los asistentes argumentó: “Cuando la palabra pierde valor, la confianza desaparece. Viví lo suficiente para haber sido testigo de la decadencia que viene padeciendo la palabra. Entonces seamos honestos: ¿cómo voy a confiar en alguien que ayer me prometió una cosa y hoy ya se olvidó?”

"Contá conmigo" es una responsabilidad, una promesa que debemos cumplir aunque represente sacrificar ciertos placeres o momentos de esparcimiento. A veces nos apuramos en “dar el sí”, un sí hipócrita, que brota de la boca para afuera y luego no nos hacemos cargo. Ya inventaremos alguna excusa para zafar.

Cuando nos comprometemos y después faltamos a nuestra palabra, la devaluamos aún más. Y como esta conducta se repite en todas las situaciones de la vida (cotidiana, laboral, social), la desconfianza crece, acecha, invade, se interpone en las relaciones, arruina los vínculos y genera incomunicación.

Para peor, cuando nos engañan, la frustración pega fuerte y de ahí al encasillamiento queda un solo paso. Salvo que queramos mucho a esa persona, nunca más confiaremos en ella y a partir de ese momento ocupará el casillero de los fallutos, de los chantas.

En la época de lo descartable, del toco y me voy, de la liviandad para criticar y descalificar, de los cinco minutos de fama, de priorizar los mensajes de texto a la voz humana, contar con alguien que ofrezca un momento de su tiempo (no importa cuánto) para acompañarnos, para respaldarnos, constituye un hecho esperanzador. Nos confirma que, en efecto, somos personas.

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Impuntuales: los que toman por asalto nuestro tiempo
Nadie tiene derecho a robarnos el tiempo: es lo único propio. Sin embargo, llegar a destiempo ya se transformó, casi, en un derecho adquirido. Y a menudo, una moda.

08/01/2014


Llegó al lugar donde se habían citado a la hora prevista. Estaba acalorada por el viaje en subte, y encima el calor de la calle era sofocante. Como los minutos transcurrían, se retocó el maquillaje varias veces. No podía apartar la mirada del celular. Ningún llamado, ningún mensaje de texto.

Después de veintitantos minutos de plantón, cuando por fin llegó su amiga le dijo de todo menos linda. Estaba furiosa y gotitas de transpiración le corrían por las mejillas.

“¡Sos una desconsiderada, una impuntual crónica, a partir de hoy no te banco más!” –gritó, sin importarle la gente que circulaba por la vereda. Y se marchó.

Muda, incapaz de reaccionar, la causante del escándalo permaneció en el mismo sitio, inmóvil, como una estatua.

No hubo caso de enmendar la pelea. A la impuntual, quien reconocía su mala costumbre de llegar tarde, no le parecía que este error fuera tan enojoso como para romper una relación de años.

En tanto, la damnificada admitió que había tenido demasiado paciencia con las constantes demoras de su amiga y llegó a un límite. A un límite y a un reflexión que, seguramente, compartimos muchos.

La impuntualidad es una falta de respeto. Un modo de ser típicamente argentino. El tiempo es lo único propio, nadie sabe cuánto durará el suyo. Soy dueña de mi tiempo y hago con él lo que se me da la gana. Por lo tanto, ninguno tiene derecho a robármelo.

La impuntualidad constituye una de las peores conductas del lenguaje no verbal. Se actúa.

Es una acción. Existen infinidad de motivos para no llegar a horario, sobre todo en la gran ciudad. El tránsito es un caos y hay que sumar los piquetes, los cortes de calles y de avenidas, los trenes y subterráneos que -a menudo- padecen contratiempos. En fin, dificultades que no podemos controlar aunque sí prevenir no saliendo a último momento, con el tiempo justo.

También tengamos en cuenta las fallas humanas o la “moda” de pensar que no queda elegante arribar en punto. Por ejemplo, llegar a comer a una casa una hora después de la que indicaba la invitación, cuando la carne ya se secó, la pasta se pasó y las caras de los anfitriones andan por el suelo.

Las personas puntuales lo consideran de pésimo gusto y rechazan esta especie de rebelión juvenil. Además, cuando descubren que son los primeros en llegar y la situación se prolonga, sienten incomodidad, pudor.

La impuntualidad –casi un derecho adquirido- se extiende a otros terrenos. Las funciones de teatro rara vez levantan el telón a la hora que anticipa la cartelera. Como el público suele demorar o bien se decide a último momento, conviene esperar hasta que la mayoría de las butacas se ocupen.

Y como la mayoría de los asistentes está más familiarizada a ver enlatados, se relaja. Entonces es común que ingrese con la función empezada, justo cuando los actores necesitan la mayor concentración posible. Olvidan que a pocos metros actúan personas de carne y hueso que necesitan silencio y el mayor respeto.

A propósito del tema, recuerdo la experiencia de un amigo que trabajó varias temporadas en Londres. Una mañana llegó tarde a la reunión que estaba pactada. Agitado y con culpa ocupó su silla a la espera de un sermón. Después, al advertir que compañeros y jefes continuaban con la actividad, poco a poco se fue aflojando.

Durante el breve almuerzo, le contó lo sucedido a un sudamericano que compartía la mesa y escuchó lo siguiente: “Acá nadie se excusa por una tardanza, cosa que sucede rara vez. La empresa considera que si un empleado llega tarde, habrá tenido razones que le impidieron cumplir con su horario y no se lo interroga. Confían en su personal, no piensan que te quedaste dormido o que por culpa de la nieve, avanzaste más despacio.”

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El modo y el tono: un dúo indispensable para comunicar
Anteceden y acompañan a las palabras y completan el sentido de lo que decimos. Debemos cuidar nuestro estilo para interactuar y comunicar armoniosamente.

19/11/2013


“¿Qué tal te fue?- le preguntó su compañera del monoambiente que alquilan entre las dos. Antes de contestar, la recién llegada fue a la heladera por una latita de cerveza y, casi, casi, se la bajó de un trago.

“¡Ahh, qué rica, necesitaba recuperarme! –suspiró, aliviada-. Mirá, o yo soy un fracaso o me engancho con tipos insoportables”.

“¿Y ahora qué pasó?”

“Cada vez que salimos me critica algo. Dice que le gusto, que soy encantadora, pero nunca le faltan motivos para retarme. ¿Preguntás qué pasó ahora? No aguanta mi perfume nuevo: hizo gesto de asco”.

“Eso puede remediarse, la próxima vez lo cambiás y listo”, deslizó la amiga.

“Hay más: fuimos a un restaurante piripipí y le molestó que pidiera pollo al horno con papas. Hubiera querido que me decidiera por un plato más exótico, como el suyo, un pescado raro con crema de verduras. Ya me conocés, siempre prefiero un menú conocido”.

“Sé sincera, ¿son críticas o son comentarios que te molestan?”

“Son críticas que me hieren y acomplejan”.

La amiga siguió indagando: "¿Si te las señalara de otro modo, digamos más amable, con cierta delicadeza, no te enojarías?”

“No, claro. Las aceptaría porque es bueno mejorar, es importante aprender. Pero su modo agresivo me mata. ¡Se acabó!”

“Me recuerda a mi ex con su tono gritón. Cuando alzaba la voz insistía con el latiguillo de que no estaba enojado, que siempre había sido gritón. Le recomendé mil veces que visitara a un foniatra porque su vozarrón me producía vergüenza, en especial cuando estábamos en lugares públicos. Nunca quiso cambiar”.

Esta columna se llama “¿Cómo digo lo que digo?”, porque el modo y el tono son fundamentales, imprescindibles para interactuar.

Este dúo precede y acompaña lo que decimos. Por lo tanto, aunque cultivemos un lenguaje académico, si adoptamos un modo áspero, despectivo, soberbio, prepotente o descalificador, el contenido del discurso caerá en saco roto, como si la persona o las personas que escuchan de pronto sufrieran un ataque de sordera.

Conviene aclarar que los títulos y diplomas (locales o foráneos) no otorgan ninguna garantía de respeto. Como periodista me tocó entrevistar a personalidades –de distintos ámbitos- que bastardeaban a sus colaboradores sin ningún pudor.

Por eso formularé algunas preguntas (para responderse a uno mismo), dirigidas a quienes toman conciencia de que necesitan optimizar este rubro básico de la comunicación interpersonal.

- ¿Reconozco que no suena igual pedir que exigir?
- ¿Confundo grito con autoridad?
- ¿Respeto a quien piensa distinto?
- ¿Utilizo la queja para victimizarme?
- ¿Hago valer mi jerarquía laboral con prepotencia?
- ¿Me doy cuenta de que la impaciencia y el apuro impiden pensar y crear?
- ¿Soy frontal y no mido las consecuencias?
- ¿Enarbolo mi verdad como si fuera la única?
- ¿Si estoy de malhumor le disparo mi bronca a cualquiera?
- ¿Me cuesta reconocer mis errores?

Muchas veces la agresión es sutil y las palabras no suenan tan desafortunadas como el modo y el tono que se utilizan. Tampoco se trata de andar todo el tiempo con sonrisa de Gioconda. Sin embargo, un gesto hospitalario, un saludo cordial, una voz afable, disminuyen las tensiones del día a día..

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Pegoteo que ahoga
La compañía de a dos puede ser muy placentera cuando se respetan los espacios de la pareja. O convertirse en una pesadilla si se vuelve asfixiante.

23/10/2013


“Me parece que la relación con Pedro se está enfriando”, comentó Alicia con voz temblorosa. Anoche lo invité a cenar en casa, con mis hermanos, y me contestó que ya había tenido su cuota familiar con hijas y yernos. Estaba cansado y prefería acostarse temprano. Te
parecerá una pavada –prosiguió sin respiro- , pero la noche anterior se reunió con sus amigos, como todas las semanas”.

Aprovechando su leve pausa comenté: “Para mi modo de ver, en todos estos meses, desde que salen, estuvieron demasiado pegoteados. Tal vez, se siente medio ahogado”.

Alicia tiene cincuenta y pico largos, es linda y trabajadora. Estuvo casada la mitad de su vida y a partir de su divorcio fue a encuentros de solas y solos, conoció a señores por internet y cuando sus amistades le proponían presentarle a un posible candidato, siempre aceptaba.

Ningún encuentro prosperó hasta que un día, por esas cuestiones del azar, sin intermediarios, se cruzó con Pedro, más o menos de su edad, divorciado, agradable y de buen pasar económico.

Con Pedro, Alicia conoció restaurantes que su sueldo jamás le hubiera permitido, suelen organizar escapadas de fin de semana y es generoso con ella. Desde el vamos le aclaró que deseaba una compañera de ruta. Es decir: casas separadas y respeto por las costumbres y los espacios de cada uno.

Alicia estuvo de acuerdo, no podía creerlo, tocaba el cielo con las manos. Hasta que de a poco, sutilmente, empezó a cometer un clásico error femenino: pretender cambiar al hombre. Controlaba sus salidas, le proponía un plan justo la noche en que Pedro se encontraba con su barrita de “pibes”, le reclamaba mayor presencia y lo arrastraba a reuniones sociales que a él no le interesaban.

“Ya tuve una esposa. Desde el principio te aclaré mi necesidad de compartir momentos con una compañera y -sobre todo- de respetar nuestros tiempos, nuestros hábitos, nuestras manías”, argumentó Pedro de mal humor.

La conducta de Alicia (y de tantísimas mujeres) provoca una inevitable señal de incomunicación. Pedro “se enfría” como autodefensa, para poner un límite, para evitar que Alicia lo avasalle. Cuando una mujer o un hombre se desvinculan de la vida conyugal y no tienen interés de armar otra, poder elegir representa uno de sus placeres favoritos.

Pequeñas elecciones, como reemplazar la charla por una lectura, decidir un paseo o una actividad sin consultar con nadie, permanecer un domingo en la cama hasta cualquier hora, pese a que afuera el sol brilla a rabiar. En fin, una suma de gustos, de ganas, de nuevos placeres que en la madurez no se desean postergar ni suspender.

El alivio de no rendir cuentas, de no dar explicaciones, de no pedir permiso ni de que lo ataque la culpa por decir que no.

Acompañarse no significa pegotearse y esto también vale para la amistad. Según las estadísticas, al hombre le cuesta vivir solo. Siempre hay excepciones, algunos varones resguardan su libertad y no se privan por eso del cariño o la simpatía de una mujer que, en efecto, los acompaña sin regañarlo ni exigirle nada. Aunque en menor escala, cada vez son más las mujeres que actúan del mismo modo y prefieren mantener romances con “cama afuera”.

Deciden ser autónomas, cultivan una vida propia sin colgarse de nadie y -a la vez- comparten momentos de placer, de alegre compañía. Cero reproches. Para poder experimentarlo, primero es necesario sentirse bien con una misma y no temerle a la soledad amorosa. Porque conduce a la desesperación y se nota. Entonces, el otro pega la vuelta. Escapa.

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Me nombraron jefa
Tener al frente a una persona justa y comprensiva es fundamental para trabajar en armonía. Cómo actuar cuando se confunde la amabilidad con falta de liderazgo.

04/10/2013


Después de muchos años en la empresa, a Inés la ascendieron a jefa, puesto que deseaba y esperaba. Cuando la nombraron, se prometió que sería todo lo contrario de su antecesora autoritaria y poco comunicativa.

Al mes de ejercer su nuevo puesto, Inés advirtió que el personal, liberado de la “mandona”, no se comportaba como ella se merecía. Le molestó el ninguneo de algunos compañeros, quienes, seguramente, aspiraban a su mismo cargo. Tenía que reclamar las cosas varias veces, le costaba trabajar en equipo, modalidad que a la jefa anterior nunca le interesó fomentar.

Total que Inés comenzó a preocuparse y a dudar de su destreza para liderar un grupo. Sólo podía confiar en Ana, su compañera más antigua, que la estimaba de verdad.

"¿Decime, Ana, qué hago mal?", preguntó Inés, ansiosa.

"Todavía hay muchos que piensan que autoridad y fuerza bruta son sinónimos. Y sos tan opuesta a quien por fin jubilaron, que en vez de valorar tu estilo amable y respetuoso de comunicarte, se hacen los cancheros. Te ponen a prueba para averiguar si haber pasado de empleada a un cargo jerárquico se te subió a la cabeza. Digamos que te hacen pagar el derecho de piso, son unos mediocres. Armate de paciencia", concluyó Ana.

Inés no tuvo paciencia, le insumía más tiempo encontrar fórmulas para solucionar el clima laboral, que ocuparse de su tarea. Se propuso cambiar de estrategia: decidió contactarse con los empleados por mail y permanecer aislada en su despacho. Grave error, claro, porque un jefe y sus subordinados deben interactuar. Mirarse a los ojos, discutir puntos de vista, detectar fortalezas y debilidades.

En cualquier tema de gestión lo más importante es saber comunicar las necesidades, expectativas y opiniones. Tener al frente a una persona justa, comprensiva, que valore la capacidad de su gente, es fundamental para sentirse a gusto en el lugar de trabajo.

Por supuesto, ninguna de estas conductas se construyen por mail. A Inés le faltó cintura, flexibilidad para soportar los embates del cambio y en vez de afrontarlos, prefirió poner distancia, silenciar su voz, esconder sus gestos. Entonces, como tuvo que forzar a su naturaleza a adoptar una personalidad con la cual no se identificaba, su cuerpo acusó recibo.

Aparecieron las contracturas, los intensos dolores de cabeza, el insomnio. Justamente, en una de esas noches sin pegar los ojos, tuvo un momento de lucidez y tomó una decisión inteligente.

Al otro día, cuando el personal recién llegaba, pidió que nadie ocupara sus escritorios. Hubo sorpresa, murmullos y cierta inquietud. “Para mí, responsable de esta sección, hoy la actividad ocupará un segundo plano -anticipó serena, con voz firme-. Primero, necesito urgentemente que participemos de esta reunión".

"Hasta hace poco yo era una compañera más, cada uno de ustedes me conoce -continuó-. Soy la misma con otra responsabilidad, necesito que colaboren conmigo, que seamos solidarios y pongamos el hombro todos juntos en un clima distendido, porque se rinde más y nos beneficiamos. Admito que me equivoqué, para mí también es nuevo, estoy aprendiendo. Quizá por estar acostumbrados a la prepotencia y el maltrato, por comparación habrán pensado que soy floja, sin las suficientes agallas para liderarlos."

El mozo sirvió una vuelta de café y nunca estuvo tan oportuno. Se escucharon suspiros, carraspeos, ruidos de sillas. Inés prosiguió: “Estoy absolutamente dispuesta a escuchar ideas, sugerencias o desacuerdos. Y pido, por favor, que no confundan mi estilo educado, respetuoso, con blandura o debilidad. Les anticipo que repetiré estas reuniones para lograr juntos un lema imbatible: transparencia y buena onda."

Al final, cuando la aplaudieron, Inés esbozó una tímida sonrisa..

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La importancia de aprender a decir "no"
¿Cuántas veces aceptamos decisiones ajenas que no compartimos y hasta pedidos desconsiderados? Una concesión que nos hace sentir mal con nosotros mismos.

23/09/2013


El "no" tiene mala prensa porque genera miedo a caer mal, a que nos rechacen, a que se enojen, a que nos aislen, a inspirar venganza, a perder un beneficio, a herir al otro (a los otros).

Entonces optamos por decir "sí" con mayor facilidad, aunque estemos en desacuerdo y de tanto repetirlo, por conveniencia, para evitar conflictos, para que nos acepten, para que nos quieran, por comodidad, transformamos el "sí" en una palabra devaluada, dicha para caer bien y poco confiable (¡cuántas veces aceptamos un compromiso que luego no cumplimos!).

Con el "no" sucede que está asociado con el mal modo, se lo considera desagradable y no tiene porque sonar así.

En su libro "El poder de un no positivo", William Ury explica cómo mantener las propias posiciones sin violentar los derechos de las otras personas. O sea, decir "no" de una manera adecuada. “La forma como comunicamos el 'no' y el hecho mismo de hacerlo, determina la calidad de nuestra vida. Por cada sí importante es necesario decir mil veces no. Decir no significa, ante todo, decirse sí a uno mismo y proteger aquello que uno valora”, sostiene Ury.

Ejemplos cotidianos: “¿Cómo hago para que mi jefe no se irrite porque me trae una pila de trabajo media hora antes de irme y le contesto que debo salir puntual porque tengo mi clase de inglés?”

Mi opinión: Si no te avisó con el tiempo suficiente, le explicás con tu mejor modo que recién podrás ocuparte al día siguiente. Quizás él ponga mala cara, pero es asunto suyo. Sospecho que te sentirías frustrada si por aceptar, perdieras tu clase y el dinero que te cuesta.

“Unas amigas me invitaron a ver una película que no me interesa para nada. Ni siquiera me consultaron. Ya sucedió en otras oportunidades y salía del cine de malhumor. Esta vez me animé: no seré de la partida chicas y, por favor, para la próxima antes de decidir consúltenme. ¿Qué les parece?”

Saludable, te hiciste respetar. Y recordé cuántas veces acompañamos decisiones ajenas que no compartimos, que nos producen malestar y después nos reprochamos.

“Un amigovio me invitó a cenar, iniciativa que repite con frecuencia. Como otras veces, lo primero que me advirtió fue: vamos a un lugar donde sirven una carne exquisita y mi vino favorito. ¿Me imagino que no vas a pedir arroz con verduritas y agua mineral? Nunca me animé a contrariarlo aunque casi no pruebo la carne y tampoco bebo alcohol.”

“Invitación manipuladora, ¿no? Es preferible comerse un arrocito en casa, sola, antes de consentir que quien invita –y conoce tus gustos- decida tu menú”. Me salió del alma.

Algo similar sucede con las tradicionales visitas familiares de los domingos que (en algunos casos) agotan, aburren y, sin embargo, no nos atrevemos a cambiar de plan de vez en cuando. Por las dudas, para evitar fricciones, por temor al reproche, porque es una costumbre que nadie nunca se atreve a quebrar. Al fin de cuentas se trata de matizar, de introducir pequeños cambios a las visitas obligadas, nada dramático.

Al repetirlas con resignación nos autoengañamos, nos falluteamos. Se sabe que el "no" indica un límite y el "sí" un permiso. Ambas palabras son necesarias y se utilizan todo el tiempo. El asunto es vencer la dificultad que tenemos con el "no" porque se asocia con un estilo poco amable, desconsiderado.

Un error, por supuesto. A menudo comento lo poderoso de ese dúo que componen el modo y el tono, porque anteceden y acompañan a las palabras. Si adopto una conducta respetuosa, haré valer mis argumentos, mis deseos, mis necesidades. ¿Y si los demás no me comprenden, si me critican, si se molestan por mi proceder? Es un riesgo que vale la pena correr. Para sentirse a gusto con el otro, primero necesito sentirme a gusto conmigo.

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¿Por qué me contestás mal?
El lenguaje de cancha se instaló en la casa y el trabajo. Ya no nos damos cuenta de que tratamos mal a familiares y a compañeros de tareas. Un modo violento que crece.

12/09/2013


- ¡Conmigo nada de groserías, ya se hizo una costumbre tratar a la madre con lenguaje basura!

- No te enojes, vieji, ahora se habla así.

-Ayer le pregunté a tu hermano una pavada y me largó: "No me jodas, vieja!"

-Estás hipersensible, que yo sepa nadie de la familia estudia diplomacia.

-Es un error, hija, los diplomáticos se comunican con un vocabulario formal, que forma parte de su actividad. Yo, en cambio, pido un modo más afectuoso. ¿Dónde quedó el respeto? Ahora te dicen yegua con la mayor naturalidad, años atrás era una ofensa.

-Me extraña, ma, el idioma cambia, se renueva, incorpora palabras que sonaban desagradables y hoy se dicen con naturalidad.

La mamá insistió. En la oficina pasa lo mismo: "Yo trabajé toda la vida, sí que conozco el tema. Nos hemos embrutecido. Antes sabíamos que cuando el mandamás llegaba con la cara larga o protestaba a los gritos, teníamos que esperar un rato hasta que se le pasara. Ahora, la mala onda se extendió: algunos compañeros ni saludan y otros, si les pedís un dato o les hacés una consulta, parece que te hicieran un favor.

-Nos guste o no admitirlo, hay violencia en todas partes -respondió la hija mientras ponía la mesa-. En cierto sentido te doy la razón, mamá. Estamos tan habituados al trato poco amable, que lo utilizamos en todas partes.

-Yo no me acostumbro: me mortifica el idioma de cancha que se instaló para agredir y quebrar el respeto.

La hija apoyó los platos sobre la mesa a medio poner, se sentó en un banquito de paja y con gesto serio y voz temblorosa, contó un episodio laboral. "Sucedió hace un par de semanas, resulta que trasladaron a nuestra sección a una chica que trabajaba en otro piso. Como la pobre estaba desorientada, y todos la ignoraban, se acercó al escritorio de una de las empleadas más veteranas para que la orientara. Para pedirle colaboración. ¿Y sabés qué le contestó la muy turra?: No tengo tiempo, acá todos fuimos aprendiendo solos, nos vamos arreglando sobre la marcha”.

-¿Vos tampoco la ayudaste?

-Tenemos tareas distintas. Por suerte, pude presentarle al contador que no viene todos los días y ese día le tocó ir y la trató como a una persona.

La madre apagó la hornalla del guiso y también se sentó. "Aprovechando este momento de diálogo, que vaya a saber cuándo se repite, me gustaría retomar el tema de la violencia que comentaste como al pasar. La violencia no es un virus que llegó de Marte para contagiarnos como una plaga. Nosotros, los humanos, la generamos, por lo tanto es nuestra responsabilidad disminuirla, ocuparnos para que no aumente.

-¡Qué ingenua sos, ma! ¿Cuántas personas piensan así? ¿Cómo vamos a cambiar una modalidad tan instalada?

-Si vos te dirigís a mí con más cariño, si tu hermano fuera menos brutal, si tus compañeros de trabajo (y también los míos) fueran más solidarios, estaríamos produciendo pequeños cambios. Porque la violencia es tan contagiosa como la armonía.

-Se van a reír de nosotras, nos tomarán por chifladas.

-Te propongo comenzar por casa. Tratarnos mejor. Contestar con buen modo.

-¿Y a la bruja de la oficina le sirvo un café? -se burló la hija.

-Buena idea. Seguro que la armadura que lleva puesta se le ablanda un poco. Cuando crezcas más, te vas a dar cuenta de que las personas duras, mezquinas, intratables, seguramente sufrieron mucho, por eso viven a la defensiva, escondidas detrás de la coraza.

Unos segundos de silencio. De pronto, madre e hija tuvieron la misma reacción. Se abrazaron largamente. Entrañablemente.

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Errores que entorpecen la comunicación
Aunque hablar es gratis, puede salir caro. Y esto sucede cuando somos imprudentes, o soltamos lo primero que se nos ocurre, o nos enredamos en discusiones estériles.

16/08/2013


La vida es como un eco. Si no te gusta lo que escuchás, prestá atención a lo que decís.

Este sabio concepto alude al error más común del lenguaje verbal: hablar primero y pensar después. La verborragia impulsa a emplear palabras imprudentes, desagradables, ofensivas.

Abundan las torpezas que dificultan la conversación. Por ejemplo: la falta de síntesis. Cuesta ser breve, ir al grano. Vivimos tiempos apurados impacientes y los relatos con mucho detalle no funcionan. El interlocutor se aburre, se distrae, se dispersa.

Tema recurrente: cuando la lengua va más rápido que la mente y metemos la pata, nos vamos de boca, entonces ya es tarde para lamentos. En efecto, aunque hablar es gratis, a menudo sale caro. ¿Cómo volvemos de un insulto? ¿Cómo reparamos un agravio? ¿Cómo lograr que la persona herida nos perdone?

Por supuesto, los errores que entorpecen la comunicación cara a cara no se agotan en esta columna. Citamos los más comunes, para no apabullar a los lectores.

Están los monologuistas, ésos que sienten placer por contar y contar sin respiro y, peor aún, sin registrar a quien tienen delante. Sin darse cuenta de que lo aturden.

Los antidiálogo (por llamarlos de algún modo) generan violencia en la persona que escucha estoica y no se atreve a interrumpirlo, a ponerle un límite. Es curioso, mientras los charlatanes disfrutan de disparar una palabra tras otra, a su víctima de turno le inspira pudor echar mano de algún recurso (en defensa propia) que la preserve de semejante agresión.

Porque quien habla como si le hubieran dado cuerda, ignorando a su prójimo, quien no advierte que su cháchara es insoportable y desespera, actúa con una total falta de respeto, está cometiendo una auténtica agresión.

Otra conducta reiterada y que hace daño es elegir la subestimación en reemplazo de argumentos. Se trata de una costumbre cotidiana y violenta. A falta de argumentos válidos, se apela a la humillación, a la descalificación. “¡Callate, vos no entendés nada!” “¡Ya estás vieja para empezar a estudiar!” “¡Sos el mismo inútil de siempre!” “¡Yo ya estoy de vuelta de todo!”

Reacciones negativas, estériles. ¿Además de ofender qué logran? Se parecen a los que optan por irse pegando un portazo. El portazo significa no tengo respuesta, no se me ocurre ningún argumento. Prefiero ofenderme en vez de reflexionar, de cambiar ideas, de intentar un diálogo.

A la hora de interactuar, lo básico es el respeto. Y respeto significa consideración, escucha activa, capacidad para mantenernos callados (si es necesario) porque a veces las palabras no alcanzan o no sobran y el silencio, entonces, se transforma en el mejor lenguaje.

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Las heridas de la palabra incumplida
Promesas que no se cumplen. Rapidez para decir sí y, luego no, son conductas que decepcionan y dejan marcas. A veces, imborrables.

16/08/2013


Llovía a cántaros, con un amigo nos refugiamos debajo del angosto techo de una heladería, así que el agua salpicaba sin piedad. Como lo noté inquieto, consultando seguido su reloj, le pregunté si tenía que ir a otra parte.

-Sí, a una juguetería y no veo ninguna por acá así que tendré que largarme bajo el agua.

-¿Es tan urgente?- pregunté.

-Sí, le prometí a mi sobrino un skate porque hoy cumple años y no puedo fallarle. Cometí el error de esperar hasta último momento.

Y como si continuara recordando un viejo relato, me contó un episodio que vivió a los nueve años, la misma edad de su sobrino.

“Mi tío me había prometido una pelota número cinco. Estaba ilusionadísimo, pensaba en ella todo el tiempo. Antes, para recibir un regalo había que esperar el día del cumple o Navidad. Y querés creer que jamás me la regaló. Esperé y esperé y nada. Fue una decepción imborrable.

-¿Tampoco recibiste una explicación de su parte?

-Nunca, jamás. Se olvidó, habló de más, se mandó la parte. Qué se yo. No hay nada peor que engañar a un pibe, que hacerle promesas falsas. La marca te queda para siempre y te volvés receloso, desconfiado. Fue el primer chanta que conocí. ¿Ahora comprendés por qué siento la obligación moral de cumplir con mi sobrino?

Y se fue rápido, atravesando la cortina de agua.

Cuando prometemos algo y hacemos lo contrario le quitamos valor a la palabra y, se sabe,la palabra está muy devaluada.

Latiguillo común entre los porteños: encuentro casual en la calle y saludo eufórico. “Dale, por qué no nos vemos”. “Macanudo, ¿te viene bien el jueves?”. "Será un gustazo, listo ni una palabra más”.

El jueves transcurrió sin novedades. No hubo cita, no llegó ninguna excusa, ningún mail, ningún llamado. Nada de nada: chantada pura. La incapacidad de comprometerse -mínimamente- con una acción se imita, es contagiosa y refleja el modo de comportarse de una sociedad. Todos los días nos hacemos malasangre porque el plomero que dijo “Sí, voy”, no dio señales. Y esta conducta se repite y se repite hasta el hartazgo con todos los rubros que uno pueda imaginar.

La lista es interminable porque el “no” tiene mala prensa. Si digo no me van a rechazar, se van enojar, no me llamarán más, etc. Entonces, claro, preferimos decir “sí”. Sí, cuente conmigo. Sí, llegaré puntual. Sí, el trabajo estará listo… Gran mentira gran.

Los melancólicos se amparan en añoradas costumbres de otros tiempos. Cuando estrecharse las manos equivalía a firmar un documento y comprometer la palabra era una garantía de seriedad. A propósito, vale la pena recordar que el tío de mi amigo lo falluteó y era un tipo de otros tiempos.

Las costumbres cambiaron, es verdad, sin embargo todavía hay mucha gente que cultiva aquellos valores. Es cuestión de tener el coraje de defenderlos, de no aflojar ante los ventajeros que se aprovechan de nuestra resignación (porque agota, desespera tratar con ellos).

En la vida privada y en el mundo laboral debemos aprender a sostener el sí o el no con convicción (que no es obstinación), con argumentos, con coherencia y sobre todo con buen modo.

Un no dicho con firmeza evita la mala cara o la crispación. Y un sí no es sinónimo de blandura, ni excusa para zafar. Cuando por distintos motivos no podemos cumplir con nuestras promesas, lo más saludable es decir las cosas por su nombre, aclarar lo que haga falta y utilizar un lenguaje sencillo y sincero.

Si en muchos hogares las familias hubieran elegido la comunicación fácil y honesta, tendríamos, seguramente, adultos menos amargos y resentidos.

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La radio, compañera del alma
Es el medio de comunicación más económico y democrático. Y gracias a las pilas, ni los cortes de luz pueden silenciarla.

02/08/2013


A mediados de la década del noventa, en un programa que conducía Luis Landriscina por Radio Nacional, comentó con cierto sinsabor que le producía malestar advertir cómo algunos “colegas” del micrófono descuidaban su vocabulario (lo bastardeaban), sin pensar que esas voces eran las únicas que llegaban en un país tan inmenso hasta pueblos minúsculos, perdidos, donde gracias a una pilita oxidada los habitantes se enteraban de lo que acontecía en el mundo.

“Una palabra mal dicha, un nombre equivocado, una información difundida con atraso, subestiman a nuestra gente, que no dispone de otros recursos para que le comuniquen con mayor calidad.”

Mientras mateaba, en voz baja, don Luis lo comentó a su manera, con clase, rigor, la sabiduría propia de quien supo forjarse a sí mismo y la autoridad de haber recorrido su tierra hasta los rincones más lejanos, aprendiendo, enseñando y compartiendo.

Pasaron muchos años, la técnica avanzó, las redes sociales cada vez son más poderosas y la información llega al instante, al punto de que ya nadie puede arrogarse la primicia. Sin embargo, abundan los improvisados del micrófono.

Gente amiga del dueño de la emisora o que encontró un avisador que le financie el espacio. Escucharlos da vergüenza ajena. Se expresan con la desfachatez que sonrojaría a los muchachos del tablón.

Noches atrás, uno de estos paracaidistas de turno se quejaba de que sus compañeros le impidieran ser todo lo espontáneo que él deseaba: “La radio es brutal, me fascina, y quiero ser yo con mis miserias. Quiero decir las barbaridades que se me ocurran, provocar a la audiencia…”, insistía, desbordado.

¡Qué pena, nadie le explicó a este hombre que la radio es un servicio público y que debería estar hecha sólo por profesionales que conocen las reglas establecidas. La radio tampoco es una fábrica que alquila sus locales desocupados.

La radio es el medio de comunicación más económico y democrático. Es nuestra compañía. Gracias a las pilas, ni los cortes de luz pueden silenciarla. Más allá del servicio que presta las veinticuatro horas, a nadie se le ocurre pensar (aunque diluvie o arrecie un temporal) que por culpa del mal tiempo a locutores y conductores se les ocurrirá pegar el faltazo.

Ahí están firmes esas voces que transmiten la temperatura, las condiciones de las rutas y del tránsito y hasta un cálido saludo a la audiencia para que tome coraje y se levante de la cama.

Sí, la radio es una enorme compañía. Alcanza con parar la oreja un rato de la trasnoche. Ahí conviven los tenaces y voluntariosos profesionales que abrazan con sus comentarios, su música y sus humoradas la soledad de infinitos radioescuchas. A veces, surge la familiaridad cuando el conductor llama por su nombre a una oyente y otras veces, el aire se carga de emoción, de melancolía, de llanto.

En ese extenso tramo nocturno, algunos programas convocan como un club: así, entre anécdotas, noticias, comentarios amables, los fantasmas huyen y la soledad se disuelve.

Por eso, la radio tiene magia. Crecí escuchándola, trabajé en este medio, le dediqué una columna semanal. Sigue siendo mi compañera..

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Dar las gracias es una declaración de amor
No existe otra palabra capaz de reemplazar a estas siete letras. Lo que la transforma y vuelve diferente es la emoción que transmitimos al pronunciarla.

26/07/2013


En las conductas cotidianas y en los momentos difíciles, agradecer puede ser un amable gesto protocolar o transformarse en una conmovedora declaración de amor.

Mientras tomaba el submarino a grandes sorbos, mi nieto de once años mantenía la mirada fija en la pantalla del televisor, en el bar vecino de su colegio. Las imágenes mostraban a una mamá y un papá conmovidos, que repetían la palabra gracias como un mantra.

Agradecían a los médicos que operaron a su hija, todavía grave, a enfermeras y enfermeros del hospital, a dadores de sangre y a sus afectuosos vecinos.

-Decime, abu, ¿no hay ninguna otra palabra más importante que gracias?

Y sin esperar mi respuesta, pasó de la pregunta a la reflexión.

-Antes, cuando me diste un regalo te dije gracias. Después vino el mozo con estas cosas ricas y vos y yo dimos las gracias. En el colectivo, cuando le doy el asiento a una persona mayor me dice gracias.

-Está bien que sea así, es un signo de educación, de cariño, de convivencia. Si nos hacen un favor, si alguien tiene una gentileza con nosotros (aunque forme parte de su trabajo) como puede ocurrir con el vendedor de panchos, la empleada de la panadería o el quiosquero, siempre, siempre, corresponde agradecer.

-Claro, ya lo sé. Me lo vienen repitiendo desde que iba a salita de dos.

-¿Entonces cuál es tu duda?

-Yo digo otra cosa. No alcanza decir gracias o muchas gracias en un caso dramático como el que acabamos de escuchar en la tele. Me parece que esta palabrita de siete letras no puede usarse del mismo modo para agradecer la merienda y también a los médicos que salvan vidas, a los familiares que donan órganos para un trasplante o a los bomberos que se arriesgan todos los días.

-Tenés razón, querido. Sin embargo, no existe otra palabra capaz de reemplazar a estas siete letras. Lo que la transforma y vuelve diferente es la emoción que transmitimos al pronunciarla. En momentos difíciles, dolorosos, desesperantes, la palabra gracias adquiere una fuerza que nace de las tripas y se agiganta con los sentimientos hasta transformarse en una incondicional declaración de amor.

Mi nieto me observó asombrado.

-¿Una declaración de amor?

-Sí, una declaración de amor a esas personas que a través de la ciencia, de sus gestos solidarios y de su generosidad, ayudan a mejorar la salud, alivian la tristeza, salvan vidas.

Al parecer, mi argumento lo tranquilizó y como suelen hacer los chicos, cambió de tema, a otra cosa.

En efecto, la palabra gracias puede ser un reconocimiento protocolar y también, según sea el caso, una declaración de amor. Sin embargo, ambas conductas se vinculan. Hoy sabemos que las personas agradecidas gozan de bienestar emocional y resultan más atractivas.

Alex Rovira en su libro La Buena Vida propone que utilicemos palabras bellas, amorosas, reconfortantes, positivas, que, con frecuencia, olvidamos o postergamos . Respecto de la gratitud sostiene que “es un precioso regalo que nace de la humildad y del reconocimiento del otro. Con ella crecen las dos partes de un intercambio amable. ¡Qué poco cuesta agradecer y que agradecida es la gratitud! -enfatiza Rovira-. Agradecer es dar, es compartir, es partir con el otro en el viaje de la existencia y en ese viaje, la gratitud nos hace crecer a todos.”

De acuerdo. Son siete letras, nomás. Poderosas. Irreemplazables.

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Malditas palabras
“Sobre la base del debate responsable e inteligente es como la humanidad edificó el concepto de civilización”, José Ortega y Gasset, en “Ideas y creencias”.

19/07/2013


Se discuten los asuntos de familia, se discuten las cuestiones de dinero, se discute sobre política o sobre fútbol.

Existe el concepto de que las discusiones que rondan esos temas son los que habitualmente encienden las mechas más peligrosas. Son los temas que sulfuran los ánimos, los que generan broncas severas, los que propician insultos, los que incentivan la violenta batahola y los arrebatos de iracundia perversa. 

La idea de que nos proponemos entablar una discusión encuentra correlación directa con la idea de que nos proponemos afrontar una situación enojosa. Sin embargo, el sentido común diría otra cosa: toda discusión constituye un atajo hacia mejores ideas y hacia mejores líneas de pensamiento.

Tenía razón el pensador español José Ortega y Gasset: en "Ideas y creencias" (1940) advierte que “sobre la base del debate responsable e inteligente es como la humanidad edificó el concepto de civilización”. Pero, a la par, agrega que “sobre la base del debate irresponsable, prejuicioso y necio es como la humanidad cavó sus peores fosas y puso en peligro su propia subsistencia”.

La discusión es, por lo tanto, un arma de doble filo.

No pueden cotejar puntos de vista y dirimir controversias quienes no reconocen que la entera verdad no tiene dueño y que la purísima verdad, en tanto valor absoluto, es inalcanzable. Eso de concebir y manejar verdades absolutas es algo privativo de las religiones.

Por consiguiente, toda aproximación a un debate debe atender dos consignas esenciales. La primera: los vicios del amor propio nunca son del todo racionales, ya que suelen vestir disfraces tan poco vistosos como el del falso orgullo, el de la soberbia o el de la vanidad. 

La segunda: al discutidor leal le conviene saber de antemano que quizá deba dar el brazo a torcer y rendirse a la evidencia de que los razonamientos (o los argumentos) de su oponente son más sólidos e intelectualmente mejor provistos.

Por lo general, las discusiones denuncian con gran elocuencia cuál es el nivel de respeto que se manifiestan personas que piensan y opinan de distinta manera, así como refleja nítidamente el nivel cultural y educativo de cada una de esas personas.

El buen nivel cultural y la buena educación son aliadas de la sobriedad, tanto como de la prudencia y de la tolerancia, las aptitudes que más se deben preservar para que un debate sirva para algo. O sea, para que sea inteligente y enriquecedor.  

En suma, las aptitudes del buen decir (y los tonos de ese buen decir) constituyen requisitos básicos si se pretende transitar sin altercados -sin padecer o provocar situaciones enojosas- el más espinoso de los territorios dialécticos, el que alberga más pantanos y arenas movedizas.
¿Cuál es ese territorio? El de la confrontación de ideas.

El poeta y ensayista mexicano Octavio Paz (1914-1998) aconsejaba que más vale soslayar “las palabras malditas” en todo intento de confrontación de ideas. Y, a su entender, palabras malditas “son aquellas que sólo pronunciamos en voz alta y cuando no somos dueños de nosotros mismos”.

Acaso sea una gran verdad que, muy a menudo, cuando las mechas de la discusión la encienden los temas escabrosos del primer párrafo, muy fácilmente dejamos de ser dueños de nosotros mismos..

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Tratame bien
Ningún decreto obliga a abolir los gestos desagradables. Ni a sonreír. Es una decisión personal que, puesta en marcha, produce contagio y ejerce un enorme efecto multiplicador.

05/07/2013


Testimonio de una compatriota que, por cuestiones laborales, estuvo ausente del país durante seis meses:

“Extrañé a mi familia, a mis amigos y también extrañé mi casa, no voy a negarlo. Sin embargo, de regreso, lo primero que percibí fue esa mala onda que nos caracteriza y que había olvidado. Gente desagradable, que no saluda, no sonríe, que te lleva por delante y ni siquiera se disculpa. No recuerdo haber escuchado palabras como ‘por favor’ ni ‘gracias’, como si las hubieran borrado del vocabulario cotidiano. Tomar distancia y conocer otras costumbres -más amigables, más humildes-, me permitió darme cuenta de que es posible convivir sin prepotencia, actitud que a mí, nacida y criada en la ciudad de Buenos Aires, porteña de pura cepa, siempre me provocó rechazo, vergüenza ajena y una enorme resistencia”.

Algunas personas equivocadas, claro, suponen que cultivar el buen modo es propio del mundo de la diplomacia y de las relaciones públicas.Más bien, una imposición social, entre hipócrita y falluta, antes que una práctica humana indispensable para vincularnos. Existe tanta deformación con el concepto "buen modo" que, a menudo, se lo confunde con falta de carácter, con blandura. 

Así, un jefe déspota es un tipo de carácter y otro, capaz de contemporizar, recibe el mote de débil. El déspota, en realidad, tiene “mal carácter”.  Es inseguro, miedoso, acomplejado. Y, justamente, para enmascarar estas flaquezas se disfraza de tirano.

Los gestos faciales, se sabe, expresan más que las palabras. A fuerza de fruncir el entrecejo, de crispar la boca, de apretar los dientes y de tensionar el mentón, nuestros rasgos se endurecen, pierden humanidad, se van pareciendo a los de Pablo, Pedro, Vilma y Betty, inolvidables personajes de la serie Los Picapiedra. 
  
Significados que aporta el diccionario:

Duro: violento, cruel, insensible, terco.

Firme: constante, íntegro, entero, con valor.    
    
Las personas duras (de mentes rígidas) son incapaces de revisar sus ideas, de  encontrar otros puntos de vista. Se aferran a la terquedad y desestiman la más mínima reflexión. “Soy así”, suelen jactarse, y no se les ocurre pensar que los humanos somos seres en construcción. Por lo tanto, vamos siendo, nos transformamos.

En cambio, las personas que logran desenvolverse con firmeza tienen claro que para demostrar su autoridad, no necesitan apelar al mal trato. Es gente flexible, que se adapta a los cambios sin renegar de sus valores éticos. Ponen en práctica un dúo que se potencia, francamente irresistible: firmeza y amabilidad. Una ventaja a la hora de manifestar descontento, de reclamar mayor esfuerzo o de poder decir que no, sin enojarse, sin ofender ni castigar.

Aunque todo el mundo tiene problemas, a nadie le asiste el derecho de maltratar a quien tiene al lado, cerca o enfrente. 

Es cuestión  de reeducarse porque ningún decreto obliga a sonreír, a abolir los gestos desagradables, a pedir permiso o disculparse.  Estos cambios sólo se producen por decisión personal y cuando suceden, obran un enorme efecto multiplicador. 

La buena onda se llama energía positiva y no hace falta importarla del Himalaya. Acá también se conocen sus bondades, aunque está medio arrumbada y necesita recuperar sus perdidos atributos. 

Adherir a que el buen trato beneficia la comunicación y a que su efecto óptimo no tiene límite, resulta un signo más que auspicioso. Un síntoma de salud.

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Mi marido conmigo no habla
Las mujeres hablamos unas 15 mil palabras por día y los hombres, alrededor de 7 mil. Esas diferencias numéricas suelen influir negativamente en la comunicación de la pareja.

28/06/2013


Confesiones de esposas que padecen escasez, déficit o pobreza de diálogo conyugal.

“Nunca tiene ganas de hablar. Sólo pronuncia monosílabos”.

“Cuando vuelve a casa es como si hiciera voto de silencio”.

“Tengo que arrancarle cada palabra con tirabuzón”.

“Nuestras charlas transcurren con el sonido de fondo del televisor, mientras él hace zapping. Como siempre gana el control remoto, terminamos comentando lo que pasa en la pantalla”.

No es novedad que las mujeres somos muy parlanchinas, de hablarnos todo. Y cuando se forma un grupo sucede algo que, en el lenguaje verbal, se conoce como conversaciones paralelas.

O sea: formular al mismo tiempo cualquier comentario, temas de diverso tenor, encimándonos e interrumpiéndonos. En fin, cero escucha. Aunque algunas congéneres manifiestan que el barullo no les impide mantenerse atentas al blablá.

A no desesperar. Ahora se sabe que esta facilidad para poner la lengua en marcha, tiene una explicación científica. En su libro Ágilmente, el doctor en biología molecular, Estanislao Bachrach, explica que “utilizando la resonancia magnética nuclear se descubrió que las mujeres tienen entre catorce y dieciséis áreas del cerebro destinadas a evaluar el comportamiento de los demás, versus cuatro a seis de los hombres, lo cual evidencia por qué, desde el punto de vista de las mujeres, los hombres hablamos poco y ellas nunca callan”, reflexiona este joven y entusiasta científico argentino.

Ocupadas en resolver varios frentes a la vez, típica característica femenina, nos jactamos de la flexibilidad que somos capaces de desarrollar mientras atendemos los compromisos laborales, sin desentendernos de los domésticos, familiares, sociales y personales.

A propósito de la multiplicidad de roles (exigencia que nos dispersa y ataca los nervios), Bachrach aporta otro dato esclarecedor: “Las mujeres pueden hablar y pensar al mismo tiempo entre dos y cuatro temas no relacionados, cambiando hasta cinco tonalidades su voz. Nosotros, en cambio, somos capaces de identificar tres de esos cinco tonos y por eso nos perdemos en sus conversaciones”, ironiza el autor.

En promedio, nuestro género utiliza unas 15 mil palabras por día y el masculino alrededor de 7 mil. Como se advierte, una diferencia abismal. Al conocer esta información, es probable que las esposas que padecen la crónica parquedad de sus cónyuges, experimenten cierto alivio y acepten la verdad científica.

Ahora bien: aceptar no significa resignarse ni claudicar. Aceptar es, en efecto, la puerta de entrada para introducir cambios. Todo lo contrario de la queja, que inmoviliza. Cuando ciertas conductas de la convivencia se tornan insoportables, es urgente pegar un volantazo y apelar a la
creatividad.

En consecuencia, aunque el aporte de la ciencia resulta invalorable porque otorga respuestas lógicas -por ejemplo, haber detectado el origen de nuestra locuacidad-, no podemos ignorar a las emociones que están a flor de piel y nos acompañan.

Si la pareja tiene problemas para interactuar, porque la modalidad del varón se impone siempre, entonces (más allá de que su mujer, quizá, hable por los codos) conviene replantearse qué ha sucedido con el amor y el respeto que un día los unió.

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Palabras como misiles
El lenguaje verbal es poderoso. Cuando nos ofenden, nuestro ánimo decae y la autoestima se viene a pique. No es sano resignarse a convivir con un idioma nocivo.

02/05/2013


En el medio periodístico se considera de vital importancia verificar las fuentes. Constatar que la información sea segura antes de difundirla. Sin embargo, con la velocidad de las redes sociales y la urgencia de dar la primicia, se cometen torpezas, más errores de los deseados. 

Por ejemplo, si ingresamos en google para averiguar datos de alguien conocido, a menudo encontraremos varias versiones sobre la fecha, el lugar de nacimiento y otros detalles. El asunto es seguir revisando, no hacer la cómoda y quedarse con una sola versión.

Lejos de las redacciones, de los micrófonos y de las cámaras, en la vida de todos los días, sucede peor. Existe poco o ningún cuidado en lo que se opina de las personas.

Asusta la liviandad para difamar, criticar o calumniar que adoptamos, casi, como un deporte nacional. Ya es moneda corriente eso de poner en marcha una mentira, multiplicarla y echarla a rodar hasta que se transforma en una imparable bola de nieve.

Si bien la historia de la difamación es universal, ahora -informática mediante- el tema adquiere dimensiones gigantes y se reproduce hasta el hartazgo, sin límites. Y así como admitir una noticia equivocada o disculparse por haber metido la pata, ocupa un pequeño espacio en la págjna atiborrada de textos de un medio gráfico o digital (y poco público se entera), en la vida cotidiana el agravio que produce un comentario falso o un chisme dañino, tiene pocas posibilidades de ser reparado.

El lenguaje verbal es poderoso porque modifica las emociones. Las ofensas, está demostrado, influyen en el estado de ánimo -que decae- y afectan la autoestima. Con semejante vale todo, donde la persona es agredida sin piedad, ¿cómo se borran la ofensa, la descalificación o el insulto gratuito disparados con la potencia de un misil? ¿Cómo se olvidan? ¿Cómo se disculpan?

Es falso que a las palabras se las lleva el viento. Mucho menos, cuando duelen. Con frecuencia le otorgamos entidad a dimes y diretes que hace circular gente sin escrúpulos. Y vaya a saber si por chismosos o por cancheros, más de una vez nos hacemos eco de esas críticas, mentiras o juicios desafortunados y los transmitimos, ayudamos a que sigan circulando con total impunidad.

La palabra es acción. Cada vez que pronunciamos una, estamos expresando pensamientos y sentimientos. Al parecer, callarnos la boca todavía es una asignatura pendiente. Cuesta aprender a callar. Apostar al silencio. No por sumisión, por prudencia, por respeto. Para evitar destruirnos. 

En vez de resignarse a convivir con un idioma decadente, cada uno de nosotros, que aspire a introducir un cambio, puede ocuparse de  mejorar su propio vocabulario. Esa iniciativa, de paso, mejorará su calidad humana.

Es simple: si trato al otro como si fuera basura, yo también soy basura.

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Mimarse a cualquier edad
Socialmente no se aprueba que en la temporada alta de la vida, la gente mayor se prodigue mimos en público, como los enamorados. Mientras, las relaciones virtuales ganan terreno.

30/05/2013


Sábado a la tarde en una confitería concurrida. Un grupo de chicas de no más de trece, catorce años, se divertía observando fijamente a una pareja mayor. El hombre había corrido al costado su taza de café, para tomar las manos de la mujer y besarlas, mientras ella sonreía fascinada. Fuera de ese pequeño territorio que ocupaba la mesa que compartían, no existía nada más. Era evidente.

-¡Son novios y tienen la edad de mis abuelos!- exclamó, burlona, una de la pibas.
-Mis abuelos están divorciados. Nunca lo vi juntos- deslizó la que estaba al lado.
-¡Mis nonos están casados desde hace  cien años y no me los imagino haciendo el ridículo como estos viejos melosos! – criticó otra.

Socialmente no se aprueba que en la temporada alta de la vida, los veteranos sean capaces de exteriorizar sus sentimientos  románticos. Está bien visto, claro, que mimen y abracen a sus nietos.   En cambio, si  besan o acarician a una par, de común se los tilda de viejos locos, de desubicados. 

Reciben un manto de piedad  cuando reclaman por la jubilación indigna o arrastran sus pies por  pasillos de  hospitales, a la espera de un turno para ser atendidos .En los medios audiovisuales  nadie  los identifica como señoras y señores:  cuando, se refieren a ellos son las abuelas y  los
abuelos, aunque  no lo sean.

Asociarlos con el placer, con la necesidad de amar, de ser amados y de poder expresar su entusiasmo a la luz del día, suele convertirse en un tema especial que exponen los gerontólogos en algún espacio dedicado a la medicina. Lamentablemente, en lo cotidiano, a la vejez se la considera sinónimo de decrepitud. 

Por eso los adolescentes, que aún no tienen definida su personalidad y se dejan llevar por lo que ven y escuchan, adoptan una tolerancia cero cuando algunos “ viejos” se atreven a salir de lo establecido sin importarles el qué dirán. En pizzerías, bares y restaurantes, abundan las parejas que comparten la comida en silencio, con la mirada fija en el televisor del local o perdida en cualquier parte, sin conectar para nada con la compañera o compañero.

Es curioso que este paisaje urbano de seres silenciosos, casi aislados, que se extiende en distintos ámbitos, no inspire reproches ni rebeldía. Como si, en efecto, ya estuviera aceptado que factores como la rutina, la  costumbre, y llegar juntos a la adultez mayor, impidieran salirse del molde, introducir cambios. 

Autores del libro Ecología Emocional, Mercé Conangla y Jaume Soler opinan que “La sensuali dad y el contacto tierno y sensible es una poderosa forma de comunicación íntima, así como una fuente de placer”. Y reflexionan que “esta forma primaria de comunicarse corre peligro de extinción, dado que vivimos en una sociedad contradictoria que, por un lado, rehúye la expresión física de las emociones y por otro, la usa como forma de agresión”.

Creadores de la ecología emocional, concepto que instalaron en Barcelona hace más de diez años, Conangla y Soler advierten que “en el mundo global de internet, las relaciones virtuales están sustituyendo el contacto directo, considerado peligroso o trabajoso para algunas personas incapaces de asumir niveles de intimidad que piden más piel o más compromisos emocionales.”

Buena Vida › Tendencias
La violencia contamina
Cuando falla el respeto, la violencia se desarrolla e invade también la comunicación. La importancia de ponerse en el lugar del otro de un modo pacífico y conciliador.

13/05/2013


Esquina peligrosa sin semáforo. Al advertir que no había transporte a la vista, varios peatones se dispusieron a cruzar. De repente, como caído del cielo, giró un auto que casi, casi, se los lleva puestos.

“¡Asesina, yegua, morite!”, fueron los insultos más livianos que recibió la imprudente conductora mientras, con reflejo rápido, consciente de la gravedad, subió el vidrio por miedo de que le pegaran. Se salvó, créase o no, porque en medio de la furia aparecieron dos ciclistas de contramano, lo más campantes. Y ellos sí ligaron golpes, tirones de pelo, puteadas a granel. No conformes, los indignados de a pie también reventaron sus bicis.

La violencia crece y se multiplica en un campo raso que no cultiva el respeto. Es germen de una familia disfuncional donde, entre otros males, conviven la prepotencia, el autoritarismo, la impotencia, los agravios, el miedo…

¿Es posible darse cuenta de cómo influye la violencia cotidiana en nuestro modo de relacionarnos? ¿Acaso podemos recortar la comunicación y aislarla de este fenómeno destructivo que, mal que nos pese, demuestra estar muy instalado?

Es cuestión de tomar recaudos. De estar atentos a la calidad de nuestro lenguaje gestual o verbal, de hacer foco en las conductas que deseamos revisar y mejorar. En suma, si actuamos como seres civilizados, resulta poco probable que la violencia aterrice entre nosotros y los otros que piensan y sienten igual. No encuentra pista.

Marshall Rosenberg, psicólogo norteamericano, es el creador de la Comunicación No Violenta (se divulga con la sigla CNV), enfoque que permite resolver conflictos y diferencias apelando a la empatía. Es decir, poniéndose en el lugar del otro de un modo pacífico y conciliador.

En su libro, que lleva el mismo nombre de su método, el autor escribe lo siguiente: “Cuando me dispuse a estudiar los factores que afectan a nuestra capacidad de ser compasivos, me sorprendió comprobar la función primordial que desempeñan tanto el lenguaje como el uso que hacemos de las palabras”.

Respecto de la expresión no violenta, en la cual se inspiró su modelo para las interacciones personales, Rosenberg sostiene que la adoptó en el mismo sentido que la utilizaba Gandhi al referirse a la compasión que el ser humano expresa de un modo natural, cuando su corazón renuncia a la violencia. “Pese a que, quizá, no consideramos violenta nuestra actitud al hablar –reflexiona-, a menudo nuestras palabras ofenden o hieren no sólo a los demás, también a nosotros”.  

Tiempo atrás, en otra columna, me referí a que, salvo durante la primera infancia, las palabras nunca más vuelven a ser inocentes. Somos responsables de lo que decimos y de lo que hacemos. No estamos condenados a la violencia perpetua. Podemos elegir entre dar un abrazo  o pegar un portazo. Podemos decidir si persuadimos o si avasallamos. Podemos anteponer el respeto a la viveza, recurso enquistado e impune que tanto daño hace.

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Hablar claro
Para evitar enredos y confusión, que generan problemas y embarran la cancha, conviene economizar las palabras. Lo más apropiado es ser conciso e ir al grano.

02/05/2013


El malentendido es una de las causas básicas de la in-co-mu-ni-ca-ción. El malentendido hace perder tiempo, dinero, relaciones, oportunidades… Y se desencadena cuando somos incapaces de formular un mensaje claro. ¿Por qué sucede? Porque doy rodeos, porque me enredo con las palabras, porque me pierdo en vericuetos que sólo producen confusión. A menudo, preferimos enrollarnos en discusiones estériles del tipo: “Yo te dije, vos me dijiste, la culpa es tuya, te vas por las ramas”. Sin embargo, existe un enemigo identificable del cual –si estamos alertas- podemos protegernos: los flashes internos. Llamo flashes a esos pensamientos que se entrecruzan y nos abruman. Como si estuviéramos sintonizando varias emisoras de radio al mismo tiempo. Me refiero a pensar, por ejemplo, que no estoy a la altura de las circunstancias, que a mi interlocutor no le interesa el tema, que se aburre, en fin, pensamientos incontrolables que operan en contra porque me provocan timidez, angustia, inseguridad. Entonces, en el momento de abrir la boca, sueno balbuceante, tartamudeo, pierdo la síntesis, me abatato. En vez de aclarar, oscurece. Muchas veces,aunque tengamos el machete aprendido y ensayado, la presencia de la otra persona dispara emociones que nos impiden ser breves y claros, dupla imprescindible para mantener una comunicación fluída y lograr que presten atención a lo que decimos, que nos escuchen. Si deseo interactuar con buen resultado, necesito aprender a gestionar mis emociones. No es igual hablar conmigo misma que expresar mis ideas, pensamientos o sentimientos en presencia de alguien. Los seres humanos somos vulnerables, inseguros, con fluctuantes niveles de autoestima y un profundo miedo al rechazo. El estado de ánimo influye en el modo de comunicar. Si durante la conversación advierto que quien tengo delante parece incómodo, tenso, distraído, si entre ambos hay falta de empatía, entonces alcanza y sobra para darme cuenta de que así no va más y que debo revisar esa conducta que no funciona y reemplazarla por otra más efectiva. Estrategia sencilla: organizar las ideas previamente y comunicarlas con pocas palabras. Ponerse en el lugar del otro que, también, puede estar atravesado por montones de flashes y le cuesta concentrarse. Aprender a comunicarse de veras, da trabajo. Otra cosa es hablar por hablar, ejercicio que practicamos con total liviandad. Vivimos tan informados, tan estimulados por todo lo que acontece (en mi mundo y en el mundo), que el grado de dispersión ya no puede medirse. Motivo más que suficiente para apropiarse de la consigna: mensaje breve y claro.

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La violencia contamina
Cuando falla el respeto, la violencia se desarrolla e invade también la comunicación. La importancia de ponerse en el lugar del otro de un modo pacífico y conciliador.

13/05/2013


Esquina peligrosa sin semáforo. Al advertir que no había transporte a la vista, varios peatones se dispusieron a cruzar. De repente, como caído del cielo, giró un auto que casi, casi, se los lleva puestos.

“¡Asesina, yegua, morite!”, fueron los insultos más livianos que recibió la imprudente conductora mientras, con reflejo rápido, consciente de la gravedad, subió el vidrio por miedo de que le pegaran. Se salvó, créase o no, porque en medio de la furia aparecieron dos ciclistas de contramano, lo más campantes. Y ellos sí ligaron golpes, tirones de pelo, puteadas a granel. No conformes, los indignados de a pie también reventaron sus bicis.

La violencia crece y se multiplica en un campo raso que no cultiva el respeto. Es germen de una familia disfuncional donde, entre otros males, conviven la prepotencia, el autoritarismo, la impotencia, los agravios, el miedo…

¿Es posible darse cuenta de cómo influye la violencia cotidiana en nuestro modo de relacionarnos? ¿Acaso podemos recortar la comunicación y aislarla de este fenómeno destructivo que, mal que nos pese, demuestra estar muy instalado?

Es cuestión de tomar recaudos. De estar atentos a la calidad de nuestro lenguaje gestual o verbal, de hacer foco en las conductas que deseamos revisar y mejorar. En suma, si actuamos como seres civilizados, resulta poco probable que la violencia aterrice entre nosotros y los otros que piensan y sienten igual. No encuentra pista.

Marshall Rosenberg, psicólogo norteamericano, es el creador de la Comunicación No Violenta (se divulga con la sigla CNV), enfoque que permite resolver conflictos y diferencias apelando a la empatía. Es decir, poniéndose en el lugar del otro de un modo pacífico y conciliador.

En su libro, que lleva el mismo nombre de su método, el autor escribe lo siguiente: “Cuando me dispuse a estudiar los factores que afectan a nuestra capacidad de ser compasivos, me sorprendió comprobar la función primordial que desempeñan tanto el lenguaje como el uso que hacemos de las palabras”.

Respecto de la expresión no violenta, en la cual se inspiró su modelo para las interacciones personales, Rosenberg sostiene que la adoptó en el mismo sentido que la utilizaba Gandhi al referirse a la compasión que el ser humano expresa de un modo natural, cuando su corazón renuncia a la violencia. “Pese a que, quizá, no consideramos violenta nuestra actitud al hablar –reflexiona-, a menudo nuestras palabras ofenden o hieren no sólo a los demás, también a nosotros”.  

Tiempo atrás, en otra columna, me referí a que, salvo durante la primera infancia, las palabras nunca más vuelven a ser inocentes. Somos responsables de lo que decimos y de lo que hacemos. No estamos condenados a la violencia perpetua. Podemos elegir entre dar un abrazo  o pegar un portazo. Podemos decidir si persuadimos o si avasallamos. Podemos anteponer el respeto a la viveza, recurso enquistado e impune que tanto daño hace.

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Hablar claro
Para evitar enredos y confusión, que generan problemas y embarran la cancha, conviene economizar las palabras. Lo más apropiado es ser conciso e ir al grano.

02/05/2013


El malentendido es una de las causas básicas de la in-co-mu-ni-ca-ción. El malentendido hace perder tiempo, dinero, relaciones, oportunidades… Y se desencadena cuando somos incapaces de formular un mensaje claro. ¿Por qué sucede? Porque doy rodeos, porque me enredo con las palabras, porque me pierdo en vericuetos que sólo producen confusión. A menudo, preferimos enrollarnos en discusiones estériles del tipo: “Yo te dije, vos me dijiste, la culpa es tuya, te vas por las ramas”. Sin embargo, existe un enemigo identificable del cual –si estamos alertas- podemos protegernos: los flashes internos. Llamo flashes a esos pensamientos que se entrecruzan y nos abruman. Como si estuviéramos sintonizando varias emisoras de radio al mismo tiempo. Me refiero a pensar, por ejemplo, que no estoy a la altura de las circunstancias, que a mi interlocutor no le interesa el tema, que se aburre, en fin, pensamientos incontrolables que operan en contra porque me provocan timidez, angustia, inseguridad. Entonces, en el momento de abrir la boca, sueno balbuceante, tartamudeo, pierdo la síntesis, me abatato. En vez de aclarar, oscurece. Muchas veces,aunque tengamos el machete aprendido y ensayado, la presencia de la otra persona dispara emociones que nos impiden ser breves y claros, dupla imprescindible para mantener una comunicación fluída y lograr que presten atención a lo que decimos, que nos escuchen. Si deseo interactuar con buen resultado, necesito aprender a gestionar mis emociones. No es igual hablar conmigo misma que expresar mis ideas, pensamientos o sentimientos en presencia de alguien. Los seres humanos somos vulnerables, inseguros, con fluctuantes niveles de autoestima y un profundo miedo al rechazo. El estado de ánimo influye en el modo de comunicar. Si durante la conversación advierto que quien tengo delante parece incómodo, tenso, distraído, si entre ambos hay falta de empatía, entonces alcanza y sobra para darme cuenta de que así no va más y que debo revisar esa conducta que no funciona y reemplazarla por otra más efectiva. Estrategia sencilla: organizar las ideas previamente y comunicarlas con pocas palabras. Ponerse en el lugar del otro que, también, puede estar atravesado por montones de flashes y le cuesta concentrarse. Aprender a comunicarse de veras, da trabajo. Otra cosa es hablar por hablar, ejercicio que practicamos con total liviandad. Vivimos tan informados, tan estimulados por todo lo que acontece (en mi mundo y en el mundo), que el grado de dispersión ya no puede medirse. Motivo más que suficiente para apropiarse de la consigna: mensaje breve y claro.

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¡No estoy gritando, es mi modo de hablar!
El tono de voz tiene el poder de valorar las palabras o de rechazarlas. Pero no viene aislado. Inseparables, el modo y el tono determinan la calidad de la comunicación.

09/04/2013


-Tenemos que hablar -sentenció la mujer, con voz tensa.
Largo silencio.
- ¿Escuchaste? ¡Tenemos que hablar!
- Bajá el tonito. Ya estoy grande para que me reten -acotó el hombre, fastidiado.
- Bué, me sale así. Nos debemos una charla y siempre encontrás excusas para evitarla
- Tendrías que grabarte. Tu tono suena a bronca, a reproche. ¡Me irrita! -y se marchó dando un portazo.

El tono de voz es fundamental porque acompaña al mensaje. Potencia o disminuye el valor de lo que decimos. Algunas personas apenas abren la boca, provocan rechazo; mientras que otras, cautivan con su encanto. El tono de voz es nuestra música incidental. Como sucede en las películas, anticipa y resalta los estados emocionales. La gente que utiliza un registro alto, invariablemente debe aclarar: "No estoy enojado, es mi modo de hablar. Soy gritón".

Gritonas y gritones se comunican con desventaja. Alzar la voz (como costumbre o como arranque temperamental) causa desagrado e inspira antipatía. Sobre todo, si esta reacción se vincula con la incapacidad de gestionar las emociones.

Cuando el radioteatro estaba en su apogeo (en las décadas de 1940 y 1950), la voz tenía un protagonismo absoluto. Estrellas y elencos mantenían el misterio de una vida personal de bajísimo perfil, casi secreta. Entonces, como ni los rostros ni las edades trascendían (el género no lo requería y se beneficiaba) la imaginación del público era inagotable, infinita.

Sintonizar la novela, además de seguir la historia, e identificarse con sus personajes, permitían reconocer y familiarizarse con una amplia gama de tonos: graves, agudos, melosos, románticos, crispados, aniñados...

El tono no funciona aislado. Viene en tándem con el modo y ambos se potencian. Si mi modo es frío, distante, mi tono sonará igual. Si reclamo con prepotencia ("Tenemos que hablar"), como la mujer que describo al comienzo de esta columna, la reacción ajena será negativa. Primero el silencio, para no engancharse y tomar impulso, y luego el portazo cuyo ruido significa: "Con vos no pierdo un minuto".

La convivencia reclama mucha creatividad -nunca es demasiada- para darse cuenta, entre otras cosas, de que ejercitar la seducción ocupa un papel importantísimo en el día a día.

Que mi compañero de vida quiera escucharme, que no me evite ni postergue conversaciones pendientes o se vaya furioso, sin contestar, depende de mi amorosidad. ¿Lo prepoteo? ¿Lo presiono? ¿Lo persigo? ¿Mi estilo sargentón lo ahuyenta?

Suelo machacar que nos tratamos mal. Afuera y en casa. También insisto en  que, si nos proponemos, es posible revisar hábitos, costumbres y estilos que se enquistan y sacan lo peor de cada una. De cada uno.

Revisar y cambiar. Claro.

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Mirame a los ojos
Quien fija la vista en cualquier parte durante una conversación suele inspirar desconfianza. Pero algo ha cambiado: ahora, triste es reconocerlo, sólo tenemos ojos para el celular.

26/03/2013


Volvía del súper, muy cargada, como suele pasar, y aunque tenía las llaves en la mano me alivió advertir que un vecino del edificio estaba abriendo la puerta de entrada.

-¡Esperá, por favor, esperá! -grité, con la esperanza de que me escuchara. Inútil, siguió de largo.

Entonces, haciendo malabarismos con los bolsos de las compras llegué hasta el ascensor que, aún, permanecía en la planta baja. Y justo, justo, cuando estaba por meterme, el mismo vecino -quien en esta segunda oportunidad tampoco había registrado mi presencia- apretó el botón y subió.

Ni maleducado ni sordo. "Ensimismado". En efecto, se trata de una nueva especie que convive con los auriculares encendidos y toda la atención (y más) puesta en los mensajes de texto que recibe o envía desde su celular.

El "ensimismado" no precisa refugiarse en una isla. Ya habita en ella. Ajeno al mundo exterior, se desplaza con total impunidad, al punto de que su conducta puede provocarle consecuencias irreparables.

En mis cursos, cuando suelo preguntar qué gesto de una persona inspira más desconfianza, invariablemente escucho la misma respuesta: “Que no mire a los ojos mientras habla”. Algunas coincidencias: 

- Molestan las miradas huidizas, esquivas. 
- Que los ojos se claven en el techo o en el piso. 
- Que el interlocutor/a prefiera vagar la mirada por todas partes, antes de observar a quien le habla.

Provocan malestar los ojos que van de un lado a otro, como si siguieran un partido de ping-pong. Hoy se conoce la poderosa influencia del lenguaje no verbal (representa el 55% de la comunicación cara a cara). Gestos y conductas expresan casi tanto o más que las palabras. Están a la vista, el asunto es que no las registramos. 

Para peor, sin ánimo de dramatizar, aunque con conciencia de alarmar, ahora incorporamos hábitos peligrosos. La tecnología estimula, atrapa y tiraniza con sus chiches seductores que nos mantienen contactados a tiempo completo.

Cruzando calles o avenidas, en autos y en bicicletas (también en camiones y en colectivos, créase o no) muchísima gente sólo es capaz de prestar atención a los mensajitos de texto. Y así de fascinada, se les va la vida. Semanas atrás este diario tituló: "Cruzó la vía en Flores escuchando música. Lo mató un tren". Días antes, en el paso a nivel de Villa Urquiza, una ciudadana adoptó la misma conducta. Tuvieron que amputarle una pierna y está grave.

Vale la pena darse cuenta de que todo es comunicación. El modo de actuar de nuestra sociedad (es decir: de sus habitantes) reproduce nuestros comportamientos cotidianos.

Hablamos a través de nuestras acciones. ¿Y que revelan estas acciones? Que nos burlamos de las normas, que insistimos en ignorarlas, que nos jactamos de nuestra picardía para eludirlas.

Poner en riesgo la propia vida o la del prójimo, por el loco afán de rendir culto a la desidia y al individualismo es un despropósito. Además, produce indignación: si no me mirás ni me escuchás, ¿cómo me comunico con vos?

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Humilladores cotidianos
En un comercio, en un centro médico, en una oficina pública, el maltrato es el pan de cada día. Qué sucede cuando se admite mansamente lo inaceptable.

12/03/2013


Así como funciona, la atención al público se ha convertido en un "recurso inhumano". Nadie tiene derecho de maltratarnos, costumbre muy instalada. Sin embargo, esta situación se produce porque -casi siempre- hay uno que ejercita el mal modo y otro que lo consiente.  

-¿Qué tal? Vengo a cambiar esta camisa por un talle más.
-Fijate en el canasto, a ver si encontrás algo -respondió la vendedora y se desentendió.
-En todo caso, puedo cambiarla por una pollera y, si cuesta más, pago la diferencia- insistió la clienta.
-Hummm, ya queda poco de verano. En el perchero hay algunas -deslizó la vendedora, con tono desganado, mientras no apartaba la vista de su celular.
 
Otro escenario. Mesa de entrada de un centro médico.

-Buen día, por favor, necesito un turno para el traumatólogo.
-Debe dirigirse al mostrador de enfrente. Le aviso que están entregando turnos para dentro de un mes -acotó la empleada con la misma naturalidad de una panadera anunciando que se acabaron las flautitas.
 
Todo el tiempo estamos expuestos a quienes -sea a través de un sevicio público o detrás de un mostrador- nos maltratan con total impunidad.
Por algo el personaje de la empleada pública, que popularizó Antonio Gasalla, sigue siendo tan celebrado. El asunto es que esta modalidad amarga e indiferente, se instaló también en el ámbito privado.

Mala cara, mirada esquiva, sonrisa ausente, mandíbula en movimiento (ocupada en mascar chicle), vocabulario pobre y una abulia que espanta, constituyen los rasgos básicos para elaborar el identikit de quienes -dato curioso- fueron seleccionados para atender al cliente. Ese desprevenido cliente que, sin saberlo, accede al lugar del "verdugueo" con lo más importante para realizar cualquier operación comercial: su dinero. Y, a cambio, recibe pésima atención, como si le estuvieran haciendo un favor.

La joven embarazada ingresó en la peluquería con los nervios de punta. Mientras le ofrecían un vaso de agua, comentó, agitada: "Le pedí al taxista que doblara en la esquina, para caminar una cuadra menos y al tipo le saltó la térmica. "Yo no admito que me den indicaciones", contestó fuera de sí. "Lo peor -prosiguió la mujer- es que decidí bancarme la agresión por prudencia, por miedo de que alguien tan intolerante pudiera ser aún más violento".

Ejemplos de este tenor abundan en todos los rubros. ¿Por qué permitimos que nos maltraten? A veces hacemos la vista gorda o aceptamos el verdugueo porque nos entusiasmó un par de zapatos, una batidora de oferta o una vistosa lámpara. ¿Vale la pena? ¿No resultaría más conveniente proteger la autoestima marchándose del lugar?

Aunque molesta reconocerlo, estas conductas negativas se activan -casi siempre- de a dos: la persona atrevida y la que consiente.

Nadie tiene derecho de maltratarnos. En ninguna parte. Menos, aún, en lugares dedicados a los temas de salud, a los cuales acudimos por problemas propios o de allegados y, en consecuencia, con las defensas bajas, más vulnerables.

En fin, repetidas historias humillantes que nos retratan como sociedad. Es decir, a nosotros mismos, seres humanos con capacidad de cambio. La decisión de mejorar es una iniciativa personal y tiene efecto multiplicador.

Ponerla en marcha, resultará óptimo para jerarquizar la calidad de vida.

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Lo dije sin pensar
Qué hay en lo profundo del insulto que "se escapó", en el agravio a la religión la raza o el color de un semejante.

27/02/2013


Cuando se escapa un insulto que incluye el color de piel o la condición social de otra persona, no se trata de una reacción espontánea. Esas ideas están incorporadas en el agresor.

Hablamos de más porque no nos multan. Porque no pagamos IVA. Sin embargo, la experiencia demuestra que hablar sin pensar trae consecuencias. Que no sale gratis.

Es común, cotidiano, que antes de proferir los peores insultos muchos se atajen exclamando: "Yo te respeto". El respeto no se declama, se actúa. El respeto se construye. Ocurre que está tan devaluado que su definición quedó vacía de contenido.

- Si te respeto, te cuido.

- Si te respeto, cuento hasta diez antes de poner la lengua en marcha.

- Si te respeto, me ocupo de impedir que mis emociones se desborden, en vez de darles rienda suelta como un viento huracanado.

Y, sobre todo, soy incapaz de lanzar palabras hirientes, ofensivas, difíciles de disculpar y, más aún, de olvidar. Cuando el "yo te respeto" suena como un meneado latiguillo que antecede al ataque verbal, el pedido de perdón, luego, también se hace costumbre y pierde valor.

Somos vulnerables e imperfectos, por lo tanto nadie está libre de escupir exabruptos, conceptos imprudentes y desafortunados. Sin embargo, cuando la ofensa compromete la integridad moral de la otra persona, cuando la descalifica por su condición socioeconómica o por su etnia, la agresión, entonces, adquiere otro significado.

Por más que reaccionemos como leche hervida, por más que se nos suelte la cadena, nunca utilizaremos expresiones crueles, denigrantes, que no pertenecen a nuestro inventario ideológico.

Cuando se me escapa un agravio que incluye el color de piel, la religión o el origen de un semejante, ocurre lisa y llanamente porque tengo esas ideas incorporadas. No brotan espontáneas. En efecto, se trata de pensamientos propios, arraigados, que a la primera de cambio se disparan y me dejan al descubierto. Sin careta.

Irse de boca, hablar antes de pensar, jactarse de tener respuesta para todo, tiene su costo. En la vida laboral, en la personal y en la social. Tarde o temprano alguien pasa la factura porque, está demostrado, a las palabras no se las lleva el viento.

Mucho menos, claro, si fueron dolorosas o despreciativas. Ésas cuestan olvidarlas. Sólo se superan trabajando el perdón. Largo (y profundo) camino interior por el cual se avanza con entrenamiento, tenacidad y grandeza.

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La impaciencia no veranea
Cuesta cultivar la paciencia. Se confunde con pasividad y, así, deja el camino libre a su opuesto, que es prepotente, impide pensar, comunica mal y no se toma vacaciones.

31/01/2013


-Ma, pasame el bronceador por la espalda, es la tercera vez que te lo pido -reclamó la adolescente, sentada bajo la sombrilla.

-Ya te escuché. ¿No ves que estoy ocupada sacando las cosas del bolso? ¡Ay, hija, me cansás con tu eterno apuro!
-Apuro no es. ¿Adónde tiene que ir? ¿Quién la espera? ¿En vez de reclamar, por qué no colabora? Eso se llama impaciencia - intervino el papá, mientras desplegaba el diario sobre la arena.

-¡Ja, ja! ¡Mirá quién habla, el rey de los impacientes! Ayer hiciste un escándalo en el bar porque tardaban con las medialunas. ¡Salí a vos, vieji!

En efecto, apuro e impaciencia no son lo mismo. Tengo apuro porque pierdo el último subte. Tengo apuro porque faltan diez minutos para que comience la película.

La paciencia tiene mala prensa, se la confunde con pasividad. Nada más opuesto. Sin paciencia es imposible construir una vocación, una actividad, un vínculo... 

Hoy, con el apuro mordiéndonos los talones, cuesta detener la marcha, pausa muy necesaria para ordenar pensamientos, ideas y, sobre todo, para procesar tanta información.

Uno de los 38 remedios florales que integran la medicina de Bach, se llama Impatiens. Proviene de una lindísima flor, fácil de encontrar en viveros y casas de plantas. Dato curioso: cuando el pimpollo se abre, arroja bruscamente -a bastante distancia- los trozos de la cápsula que cubre la flor.

Quienes pudieron asistir a un encuentro con Sai Baba, recuerdan que a las diversas inquietudes que solían manifestarles los visitantes, se limitaba a responder: “Patience, patience” (Paciencia, paciencia).

Es común que la persona impaciente se irrite con facilidad y tenga problemas de comunicación. Anda por la vida tan embalada, que le cuesta escuchar (claro, está más pendiente de lo que va a responder). Interrumpe. Completa las frases de su interlocutor. Se va de boca (porque habla sin pensar) y, por si fuera poco, es propensa a meter la pata. 

¿Por qué? Por im-pa-cien-te. Porque divulga temas que merecían no trascender y le falta prudencia, olfato (intuición) para darse cuenta, por ejemplo, de que el horno no está para bollos y de que en boca cerrada no entran moscas. Refranes populares y sabios.

En el balneario que frecuenta la llaman “estómago resfriado”: ya metió la pata varias veces. Es linda, amable... e impaciente: le falta cintura para darse cuenta de que su continuo acelere le genera inconvenientes.

Entre los vecinos de carpa, hay familias ensambladas (los míos, los tuyos, los nuestros) y a ella, nuestra protagonista de turno, en su afán de sonar “espontánea”, se le escapan anécdotas de ex maridos, delante de maridos actuales.

Algunos veraneantes que presenciaron la escena, todavía se preguntan si fue por pura torpeza o por maldad que, charlando con una suegra, se pusiera a elogiar la espigada silueta en bikini de su ex nuera, en presencia de la titular, quien usa unos cuantos talles más. 

Si observamos a la naturaleza, advertimos que las estaciones del año se suceden una detrás de otra. Que las hojas caen en otoño y crecen en primavera. Pese a lo avanzada que está la ciencia, los embarazos, todavía, requieren nueve meses de gestación. Y aunque siempre hay excepciones, las criaturas recién abandonan los pañales después de los dos años y medio.

Sin duda, la impaciencia puede convertirse, también, en un poderoso motor. Con todo, allanarle el camino facilita el avance de la presión. Quien más quien menos, todos sufrimos algún tipo de presión. Y, se sabe, este malestar –típica señal de impaciencia- bloquea las ideas, anula la creatividad.

Buena Vida › Tendencias
El diálogo reclama rating
La necesidad de dialogar se pide como un ruego. Se repite como un mantra. Es, a fin de cuentas, un auténtico ejercicio pacificador.

28/12/2012


Vení... charlemos, sentate un poco.
¡No ves que sos mi semejante!
A ver, probemos, hermano loco
Salvar el alma cuanto antes.
Es un asombro tener tu hombro
Y es un milagro la ternura...
¡Sentir tu mano fraternal!
Saber que siempre para vos...
¡El bien es bien y el mal es mal!

("A un semejante", de Eladia Bláquez)

En esta época del año la palabra paz se repite hasta el infinito: en postales, en brindis, en saludos y buenos deseos. Junto a prosperidad y amor, compone un trío muy popular.

Vale la pena señalar que la tan mentada paz no se declama, se actúa. Se construye con paciencia, con respeto, con conductas solidarias y con ejemplos dignos.

Erróneamente, vaya a saber por qué, se asocia a la paz con debilidad, con blandura. Ese valioso espacio, entonces, es ocupado por la prepotencia, la bravuconada, la intolerancia, conductas abominables que desplazan de la memoria a próceres de la reconciliación como Gandhi y Mandela.

Sin embargo, me aventuro a sostener que en este fin de año, de agobiante sensación térmica y ánimos alterados, suena otra palabra que se repite y se repite como un mantra. A modo de ruego, se la escucha en diversos estratos sociales y, decididamente, trepa al pico más alto de rating: DIÁLOGO.

Considerando esta realidad, no parece desacertada la iniciativa de ampliar el arco y sumarla al famoso trío que, convertido en cuarteto, quedaría así: Paz, Amor, Prosperidad y Diálogo.

Vení... charlemos, sentate un poco.
¡No ves que sos mi semejante!

Como inmortalizó la gran Eladia, cada uno de nosotros, ciudadanos de esta nación, somos esos semejantes. Compartimos suelo, idioma, historia, costumbres, alegrías, tristezas, frustraciones, esperanzas, dolores.

DIÁLOGO: Conversación entre dos o más personas que exponen sus opiniones alternativamente.
Debate entre personas, grupos o ideologías de opiniones distintas y aparentemente irreconciliables, en busca de llegar a un acuerdo.

En efecto, yo no estoy obligada a pensar como vos. Y a vos no te asiste ningún derecho de agredirme porque nuestros puntos de vista difieren. Si en vez de descalificar, optás por argumentar y si en lugar de avasallarme, preferís persuadirme, te escucharé atentamente porque -de este modo simple- ponemos en práctica conductas básicas para mantener una conversación.

Y si da para discutir, lo que sea, discutamos con entusiasmo y pasión, hasta que las velas no ardan, pero manteniendo el respeto. O sea: sin atacar con expresiones violentas a quien tenemos adelante.

El diálogo fracasa cuando uno o ambos interlocutores pierden la calma, se enfurecen, sacan a relucir viejas broncas y, peor todavía, no paran hasta destruirse como enemigos declarados. Poco importa si son familia, amigos o compañeros de ruta.

La violencia empieza cuando soltamos la lengua con impunidad. Cuando perdemos el registro del otro y olvidamos que es una persona. Nada más ni nada menos.

Si la paz desaparece, la violencia ocupa su territorio. Y, se sabe, la violencia impide razonar. Se opone al diálogo, lo ignora.

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A mí no me grites
El grito funciona como desahogo, como modesta válvula de escape. Es un recurso que revela inseguridad, que desautoriza y, también, una asignatura pendiente para las mujeres.

7/12/2012


Reunión de amigas en una cafetería porteña. Ambiente ruidoso, típico de diciembre, aunque cada vez más común en bares y restaurantes de la city, donde el ruido impide conversar. "Habrá que hacerse a la idea de traer un micrófono para escucharnos mejor", deslizó una.

"La contaminación sonora de la ciudad de Buenos Aires figura en quinto lugar en el mundo, después de Tokio, Nueva York, París y México DF -suspiró otra-. Vivir en el bochinche, es vivir con violencia. Cada bocinazo que nos aturde y sobresalta equivale al grito de un conductor desalmado que así expresa su furia".

Y remató con una propuesta: "¿Qué les parece si apagamos lo celulares, al menos por un rato? Después de todo, no estamos en una sala de partos ni en un destacamento de bomberos".

Visiblemente agitada, se sumó una amiga más: "Disculpen la tardanza, chicas, me demoré peleando con mi marido. Cuando él me saca de las casillas, me descontrolo y grito, grito como una marrana. Sé que no sirve, que es un derroche de energía y, sin embargo, me cuesta cambiar, es mi asignatura pendiente -comentó, todavía crispada-. Por lo visto, la herencia es más fuerte: crecí en una familia que tenía el grito incorporado. Ojo, no es una excusa, ya estoy mayorcita para responsabilizar a los viejos".

Sin proponérselo, el honesto comentario de la esposa chillona actuó de disparador.

Concluimos que existen sobrados ejemplos para constatar que, en efecto, las mujeres somos más gritonas por una cuestión cultural.

Históricamente rezagadas, el grito -producto de la impotencia- servía de modesto desahogo. Era un modo desesperado de exclamar: ¡acá estoy!

La mamá que reclama hasta el hartazgo: ¡Vení a bañarte!, ante la indiferencia del hijo (o de los hijos) que no la registra, monta en cólera.

Es sólo una válvula de escape, la experiencia le demuestra que su malasangre se repetirá al otro día.

Cuando la maestra con treinta (o más) alumnos en el aula pierde la paciencia, los nervios traicionan sus conocimientos pedagógicos, entonces apela a un recurso que surte efecto por un rato. Grita, a menudo con las cuerdas vocales agotadas.

Describo estas simples y reiteradas escenas cotidianas, no para justificar (ni defender) un modo tan precario, tan poco feliz de comunicarnos.

Lo hago, en todo caso, para comprender por qué somos más gritonas, una arraigada costumbre que, seguramente, se fue gestando cuando al sexo femenino se lo consideraba débil y que se aquerenció -al parecer- por la multiplicidad de tareas que hoy desempeñamos.

De todos modos, la experiencia demuestra que el grito ya es unisex.

Desmond Tutú, pacifista sudafricano, Premio Nobel de la Paz (1984), en las entrevistas periodísticas que le dedican suele evocar un sabio consejo de su padre: "No levantes la voz... mejora tus argumentos".

De eso se trata, justamente. Resulta inevitable que la falta de argumentos desemboque en maltrato. Es violencia en estado puro. El gritón, la gritona, los gritones, casi nunca tienen razón. Se descontrolan, pierden los estribos y la inestabilidad emocional, que no logran dominar, pone en peligro sus relaciones personales y laborales.

La distancia aumenta en la pareja que se habituó a "conversar" a los gritos. Un muro invisible los separa más y más.

Tensión y descontento prevalecen alrededor del jefe incapaz, quien ejerce su poder a grito pelado. Nada más ajeno al concepto de liderazgo, cuya fórmula imbatible se compone de la siguiente trilogía: idoneidad, firmeza y calma.
Mejorar los argumentos en vez de agredir y de aumentar los decibeles, demuestra una señal adulta de convivencia civilizada y sana comunicación.

Gracias por intentarlo.

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No soy invisible
Existen muchas formas de crueldad mental. Una es reducir al otro a la categoría de invisible. Hay estrategias para revertir estos sinsabores y poner en valor la autoestima.

13/11/2012


Una de las conductas que provocan mayor incomunicación es la dificultad de registrar al interlocutor. Vivimos tan ensimismados con nuestras ideas y con esa pulsión de hablar y hablar, que prescindimos por completo de las señales que nos envían.

Aunque cada persona es una usina de datos, con el apuro cotidiano cargado de ansiedad y con la falta de empatía que impide ubicarse en el lugar del otro, casi nadie pone empeño en registrar a quién tiene delante.

Tan poderoso es el lenguaje no verbal, que explica casi todo sin necesidad de mediar palabra. Hablamos con los ojos (¿son huidizos?, ¿parpadean?), con la boca (¿labios apretados, ¿mueca de dolor?), con el mentón (¿tembloroso?, ¿se cae de bronca?), con las manos (¿crispadas? ¿inquietas?).

Todo nuestro cuerpo comunica si estamos tristes, cansados, malhumorados, alegres, aburridos... Algunos gestos y posturas son más evidentes; otros, en cambio, más sutiles.

Para interactuar es imprescindible observar las señales que envía la otra persona. Esta práctica permitirá, a la vez, cultivar el sentido de oportunidad, darnos cuenta, por ejemplo, si el horno no está para bollos o si el aire se corta con tijera. Si conviene abrir la boca o mantenerla cerrada.

"Necesito aprender con urgencia estrategias para defenderme de mi jefa. Si me sigo tragando la bronca, terminaré enferma de úlcera", se sinceró una contadora treintañera, mientras relataba que su mandamás la "ningunea" y que se comporta del mismo modo con el resto de los empleados.

"En el trabajo llegamos a la conclusión de que somos invisibles. Todos sus pedidos llegan por mail. Ojalá fueran pedidos, siempre son órdenes, exigencias, caprichos. Jamás saluda ni pide por favor. Es un misterio que alguien tan intratable ocupe semejante puesto", resumió, abatida.

Quién, alguna vez, durante la infancia o adolescencia, no soñó con volverse invisible por un rato para ser testigo de conversaciones secretas o prohibidas. Luego, con el correr de la vida, aprendimos la diferencia entre jugar a ser invisible o que esa condición la impongan otros. Veinte años atrás, la película "Yo amo a Shirley Valentine" describía la soledad de una ama de casa sumisa, tan ignorada por su marido que, para tener con quién hablar, elegía la pared de la cocina. No por nada el dicho popular "le hablo a la pared" mantiene vigencia.

Cuando somos incapaces de escuchar los reclamos, cuando utilizamos el silencio como castigo, cuando postergamos las promesas o las olvidamos, cuando invadimos espacios ajenos con impunidad, significa que decidimos condenar a la persona (o al grupo) a sentirse in-vi-si-ble.

Algunas historias entre jefes y subordinados parecen más bien una despiadada imitación de Cenicienta y la madrastra. Con todo, cuesta admitirlo, se trata de historias verdaderas, tan comunes y repetidas que debemos aceptarlas como parte de una cruel realidad.

El estilo de conducción se decide en la pirámide de la empresa. ¿Mano dura o autoridad sensata? ¿Horizontalidad responsable o verticalismo absoluto? La jefa que inspiró esta columna no ocupa su escritorio por casualidad. El tema es que abusa del poder, probablemente, porque no está preparada para la tarea que le encomendaron.

El primer paso que debe aceptar la contadora de nuestra historia es que su jefa no va a cambiar, ni se le pasa por la cabeza. A partir de ahí, no esperará ningún gesto amable, ni siquiera el más elemental saludo.

Si la responsable del área prefiere comunicarse vía mail, se responde de la misma manera, sin perder energía cuestionando la modalidad. Si las demandas son insoportables, se acuerda una lista de prioridades. Sin sufrir, entrenando la paciencia y el respeto, que tanta falta hacen. El asunto es trabajar con eficacia para no motivar quejas.

No opino que sea fácil adaptarse al maltrato, sólo sugiero no hipotecar la salud, ni hacerse malasangre. Al lado de estos "ejemplares" resulta imposible crecer y ampliar la mira. Es gente abonada a la mediocridad, con vuelo bajo. Al contrario de la contadora, con aspiraciones y entusiasmo para formular propuestas e introducir cambios.

Estrategia a futuro: una profesional joven y capaz puede optimizar sus proyectos y ofrecerlos en una organización que la merezca. Mientras dure el entretiempo de ocuparse en construir una nueva posibilidad laboral, esta perspectiva le permitirá poner en valor su autoestima y estar menos pendiente de los sinsabores que le ocasiona su superiora.

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Ataque verbal
Hablar de más, irse de boca, propinar insultos con total impunidad, son moneda corriente. Una conducta peligrosa, antesala de la violencia, que surge cuando preferimos confrontar antes que consensuar.

16/10/2012


La violencia comienza cuando se abre la boca para lanzar palabras de alto impacto. La escalada oral es peligrosa: legitima la violencia. Del desborde verbal a la piña suele haber un paso.

A diario, somos testigos impotentes de que la violencia no se hace desear. Y, al mismo tiempo, nos atrevemos a ponerla en marcha cuando preferimos confrontar antes de consensuar. Cuando no toleramos a quien piensa distinto y cuando abusamos de nuestra lengua filosa.

Figuras públicas de hoy expresan los conceptos más vulgares con total impunidad, olvidando que la función pública demanda responsabilidades. Entre ellas, la buena educación. El grosero lenguaje de cancha no les sienta bien. Menos aún, ese loco afán de ningunear a sus adversarios o a la gente del llano que -como es ciudadana y vive en democracia- tiene pleno derecho al pataleo.

Hablamos mucho, demasiado. Hablamos de más, seguramente porque nadie está obligado a pagar el IVA por irse de boca, sin el más mínimo pudor y sin hacerse cargo de su modo, de su tono y de su lenguaje.

Descalificar al otro ya es moneda corriente en todos los estratos sociales. Representa casi, casi, un deporte nacional aunque admitirlo provoque vergüenza ajena.

¿Y cuándo aparece esta conducta? A la hora de interactuar, cuando al que tiene pocas pulgas y ningún respeto, le faltan argumentos.

Entonces arremete, apela a lo más fácil, a lo más rápido: descalificar a quien tiene delante. ¿Y quién puede ser? Un subordinado, claro. Ejemplos comunes: "¡Callate, no entendés nada!". "¡Sos un viejo retrógrado!". "¡Tu discurso atrasa, cambialo!".

La comunicación chatarra se nutre de quienes primero hablan y después -con suerte- piensan. Son personas que reaccionan automáticamente, sin medir las consecuencias. Típicos imprudentes, vocacionales de una conducta que provoca estragos, parecen siempre listos para meter la pata (mejor dicho: hundirla), para generar incomodidad, tensión y malos ratos.

Incapaces de llamarse a silencio, de darse cuenta si el momento es -o no- oportuno, si resulta conveniente dar rienda suelta a su lengua que se mueve a mayor velocidad que sus neuronas, estos incontinentes verbales, en efecto, no pagan impuestos. Ojo, tampoco les sale gratis, tienen fama de malas personas; viven acosados por cefaleas, molestias digestivas y malhumor.

En el medio social y laboral donde anidan, son temidos y detestados. Sentimientos insalubres que padecen, con amargura, empleados, asistentes y familiares del desbocado que -por incapacidad y vaya a saber cuántos complejos- practica un ejercicio del poder despótico y, por lo tanto, mal entendido. Sin persuasión, sin empatía, con el único propósito de someter.

Estas personalidades sólo cambian si toman conciencia del daño que producen. El asunto es alertar a quienes soportan esa ristra de críticas, reproches e insultos, porque vienen con el sueldo o con el confort de un techo seguro.

Bárbara Berckhan, autora de "Cómo defenderse de los ataques verbales", propone: "Eludir una ofensa de manera inteligente pertenece, sin duda, al máximo arte de la autodefensa. En primer lugar, porque la ofensa es una de las formas de ataque más agresivas. Es el arma de las conversaciones, porque quien ofende humilla. En segundo lugar -continúa-, porque la mayoría de las personas, antes de darse cuenta, se deja arrastrar al terreno del agresor, donde se revuelve en el fango verbal del contrario".

El maltrato, todavía, es una asignatura pendiente. No desaparecerá por arte magia. Debemos trabajar, sin prisa y sin pausa, para erradicarlo.

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Escuchemos, por favor
El reclamo es generalizado: la falta de diálogo. Para dialogar hay que escuchar. Y, cada día, escuchamos menos e interrumpimos más. Con voluntad de cambio, mejorar es posible. Mecanismos para librarse de los que se hablan todo.

30/08/2012


"Me gusta escuchar al otro, soy muy buena oreja con mis amigos. Parece una rareza ¿no? Es curioso, porque hoy nadie escucha a nadie: sólo a uno mismo", comentó la actriz Paola Krum, en una entrevista reciente con el diario La Razón.

Saber escuchar es una destreza que, pocas veces, resulta innata. A escuchar se aprende y se va perfeccionando con el transcurso de la vida. 

Sin embargo, en este tiempo veloz, plagado de estímulos tecnológicos (celulares, mensajes de texto, mails, contestadores, auriculares), la ausencia de una escucha activa representa la mayor dificultad de la comunicación cara a cara.

Las razones abundan: impaciencia, respeto escaso, dispersión, problemas personales o laborales, pretender que todo se resuelva ¡ya! y, algo peor todavía: no intuir el sentido de oportunidad. 

No darse cuenta de que el momento es inoportuno para iniciar un tema, hacer un reclamo, plantear una exigencia o pedir algo que, generalmente, puede esperar, postergarse un poco.

Por ejemplo, la mujer que le reprocha al marido: "¡Nunca me escuchás, sólo ponés la cara mientras hablo y hablo a la pared!". Y él que responde: "¡Esperá, no me aturdas, estoy quemado! ¡Tuve un día de locos!"

Tan comunes y evitables, estos desahogos producen un efecto completamente opuesto al deseado. Abrumada y ansiosa, la mujer no repara en toda la información gestual que le transmite el marido.

Sucede lo mismo con el empleado que se apresura a llevarle una dificultad a su jefe, apenas éste asoma la nariz, sin siquiera semblantearlo. Y resulta que el hombre llega de malhumor, o está preocupado, así que no sólo es incapaz de escuchar; encima, lo levanta en peso.

Algunos tips para identificar conductas anti-escucha

  • Dificultad para registrar las señales que envía el otro.
  • Verborragia.
  • El tema es aburrido.
  • Es muy detallista para relatar.
  • Compite (en vez de prestar atención, piensa en la respuesta).
  • Soberbia.
  • Prejuicio.
  • Impaciencia. (Termina las oraciones ajenas; busca lucirse, provocar).
  • Dispersión.

  • Inútil negar que, a menudo, nos topamos con charlatanes insufribles, que arrojan cataratas de palabras a su víctima de turno, sin pudor, hasta agotar las reservas. 

    Un recurso para evadirnos de semejantes situaciones es echar mano a mecanismos de autodefensa, con toques de humor: 

  • ¿Me permitís meter un bocadito? 
  • Lo siento, ya tengo completa mi cuota de atención. 
  • Mejor redondear acá, se me acabó el crédito. 
  • Uy, olvidé contarte que, justo ahora, voy a destaparme los oídos. ¡Me siento fatal!

  • Párrafo aparte merecen las interrupciones, crónicas y abusivas. Casi, casi, un deporte nacional. 

    Se advierten en la función pública, en el llano, en los programas de televisión, donde panelistas, conductores e invitados se jactan de hablar todos juntos. Existe una consigna tácita: yo no escucho, vos tampoco.

    Cada cual aspira a sobresalir, a destacarse por prepotencia de palabra, o por alzar la voz con mayor fuerza. 

    Obviamente, cada cual está concentrado en elucubrar respuestas, opiniones, ideas brillantes o maliciosas. La lengua filosa y rápida actúa como un instrumento eficaz para acallar a los más tímidos y educados. 

    Queja reiterada: no hay diálogo. Para dialogar, es imprescindible escuchar con atención, respeto y empatía. 

    Necesitamos entablar vínculos en lugar de cultivar esta pertinaz "sordera", que aísla, silencia e incomunica.

    Vale la pena rebelarse y no aceptar, resignados, que las conversaciones "ya fueron".

    Buena Vida › Salud › Comunicación
    ¡Me saludó, va a llover!
    ¿Qué nos pasa? ¿Por qué dejamos de intercambiar palabras básicas de nuestro lenguaje? Es tiempo de ir en su búsqueda, de recuperarlas, de instalarlas otra vez. Son imprescindibles: humanizan el trato cotidiano y a todos nos hacen bien.

    20/08/2012


    Comentarios de mujeres en un grupo de reflexión.

    -Aunque llevo años de matrimonio, no recuerdo que mi marido, alguna vez, haya reconocido sus equivocaciones. Tiene un particular modo de disculparse: trae flores, helados o entradas para el cine.

    -Al varón le cuesta, es un problema cultural. Piensa, equivocadamente, que si pide perdón su autoestima se debilita.

    -Yo no tengo marido. Tengo un jefe y nunca dice "por favor". Jamás. Al final, con su actitud, revela que es un tipo maleducado e inseguro.

    De chiquitos, primero en casa, luego en el jardín de infantes, aprendimos a saludar y a pronunciar palabras tan elementales como "gracias" y "por favor".

    Las repetíamos a media lengua, para deleite de la familia. ¿Qué pasó? ¿Dónde fueron a parar?
    Cuando me preguntan cuáles son las conductas básicas de una comunicación saludable, cito el respeto como principal punto de partida.

    El respeto no se declama, se actúa y, sin él, nuestro lenguaje (gestual y verbal) es sólo chatarra. Lenguaje basura, que le dicen.

    Formamos parte de una sociedad caótica y crispada que nos salpica con su impaciencia, sus malos modos, su vocabulario grosero. Su violencia.

    Por lo tanto, ocuparse de reivindicar conductas y palabras amables compete a cada uno. Es un trabajo personal y produce efecto multiplicador. Te trato bien, me tratás bien.

    Todo el tiempo escuchamos que se cruzan estos comentarios: ¡"Hoy me saludó, seguro que va a llover!". "Una vez más, se equivocó, pero no va a reconocerlo. Tiene complejo, considera que disculparse puede ser interpretado como un signo de debilidad". "Parece un personaje de teleteatro: nunca se le ocurre golpear la puerta ni pedir permiso para entrar".

    ¿Dónde irán a parar las palabras que se silencian? ¿En qué momento decidimos olvidarlas, ignorarlas, postergarlas?

    Es falso que se las lleva el viento. Más bien, parece un dicho acuñado para desentenderse de cualquier compromiso, muy a tono con la liviandad del toco y me voy.

    Cada uno recuerda aquellas palabras que nos sonaron dolorosas, humillantes y, también, aquellas otras cariñosas e inolvidables.

    Unas cuantas generaciones crecimos escuchando el popular latiguillo "porque te quiero, te aporreo" y, a fuerza de repetirlo, por el poder (y la influencia) que ejercen las palabras y la meneada "sabiduría" de algunos refranes, muchos se tomaron en serio esta cavernaria definición
    sentimental y la transmitieron con total convencimiento, sin cuestionar la crueldad de su significado.

    Porque te quiero, te cuido. Porque te quiero, pienso antes de abrir la boca y no digo lo primero que se me ocurre. Porque te respeto -más allá del lugar que ocupes en la vida-, me propongo ir al rescate de palabras que humanizan nuestra relación, en vez de bastardearla.

    Abundan las personas que, pese a coleccionar títulos y diplomas, no tienen ningún reparo en despreciar al otro (quien, supuestamente, no está a su altura); al contrario, les sale natural.

    Atesoran su sensibilidad -exclusivamente- para apreciar las obras de arte, los bellos paisajes, la buena literatura y, en cambio, se desinteresan, por completo, de la condición humana.

    ¿Dónde irán a parar las palabras que no se expresan? Es urgente ir en su búsqueda. Ponerlas, otra vez, en circulación. Darles la bienvenida. Convocarlas para que recuperen la confianza y, por fin, se instalen y nos hagan la vida un poco más hospitalaria.
    A saludarnos, sin miedo al ridículo. A pedir perdón, como un acto de grandeza. A dar las gracias, todas las veces necesarias. Y más.

    Buena Vida › ¿Cómo digo lo que digo?
    El despido llega por mail
    Lleguen como lleguen, semejantes noticias siempre caen mal. Sin embargo, hay que sumar algo más: existen conductas previas a esta decisión que debilitan, atemorizan y desmoronan la autoestima de la persona afectada.

    10/07/2012


    -¡Me despidieron por mail!, exclamó, indignado, el vendedor de una cadena de cosméticos. 

    -Escuché varias veces que esta modalidad se ha instalado -prosiguió-, pero nunca pensé que me tocaría a mí.

    En la era digital, el modo deshumanizado de comunicar no debería asombrarnos. Con sus múltiples beneficios, la comunicación digital tiene la desventaja de prescindir de la mirada, de la respiración, de los gestos, de los diversos tonos de voz.

    Enviar un correo electrónico resulta menos riesgoso, menos comprometido, aunque el mensaje sea lapidario. Con todo, cualquiera que repasa su historia laboral (en particular, cuando es extensa, como la mía), recordará episodios donde el mandamás de turno tampoco daba la cara. Eso que internet aún no existía.

    Ignoro cuál habrá sido el sentimiento del director artístico de una emisora de radio para la cual trabajaba. En vísperas de fin de año, en un pasillo, mientras se ataba los cordones de los zapatos, me informó que no me renovaría el contrato para la siguiente temporada. Nunca alzó la vista.

    Otra experiencia: poco antes de que el material periodístico comenzara a digitalizarse, padecí el trato hostil del jefe de una sección que perdía mis textos. Entonces, con esa excusa,  no se publicaban y no me pagaban. Al final, logró su objetivo: derrumbó mi autoestima. Mis ingresos, también.

    "¡Soy como 007, tengo permiso para matar. Sólo me quedaré con los colaboradores que me convienen!", concluyó, restregándose las manos, con una impunidad propia de don Corleone. 

    Y aunque mi página tenía su hinchada, fue inútil. Este vernáculo James Bond (una caricatura, casi, de Homero Simpson), se empeñó en ejercer lo que Maire-France Hirigoyen denomina "El acoso moral" o violencia perversa. Total, quedé sin trabajo.
         
    Nada nuevo bajo el sol. Estas crueles criaturas existieron siempre. Hoy, debidamente estudiado, el acoso moral o mobbing refiere a esas agresiones que se ponen en marcha, para deshacerse de un subordinado o de un par que incomoda e impide crecer. Mejor dicho: trepar.

    Psiquiatra y terapeuta familiar, la francesa Hirigoyen -en su esclarecedor libro- abre la puerta a quienes no desean permanecer indiferentes a este grave problema social.
          
    Retomo mi historia: ¿que el Fulano me hubiera dicho las cosas por su nombre habría modificado la realidad? No. Sólo que las personas debemos ser tratadas como lo que somos: personas. Pese a que la situación sea adversa, necesitamos que argumenten las razones. Que no nos castiguen con el silencio o la indiferencia. Que no se borren ni se laven las manos culpando a "los de arriba".

    Aunque la experiencia demuestra que hay batallas perdidas, un gesto, una palabra (por demagógica que suene), amortiguan el golpe.

    A quienes ejercen cargos ejecutivos, les asiste el derecho de introducir cambios, de elegir nuevos colaboradores y adláteres. El asunto es cómo se comportan cuando quieren prescindir de alguien. Si se desentienden tirando la pelota afuera, si evitan el cara a cara y, momentáneamente, se los traga la tierra, o si prefieren acosar a su subordinado/a con actitudes cobardes.

    Pregunta recurrente: ¿Cómo digo " no va más" sin herir? Antes que nada, asumiendo la jerarquía laboral. Ser jefe/a implica, también, transitar momentos desafortunados. Viene con el paquete del nombramiento. Y aunque la víctima se lleva la peor parte, por la violencia que genera un despido, no es menos cierto que para el encargado/a de comunicar la noticia, también es un  trago amargo. Por lo tanto, necesita apelar a la empatía como un recurso imprescindible.
         
    Por peor que resulte el trance, siempre, siempre, el factor humano será mejor aceptado que un mail que contiene lenguaje impersonal, deshumanizado. Onda robot.

    Buena Vida › ¿Cómo digo lo que digo?
    Sí, soy frontal, ¿y qué?
    Así se autodefinen los que piensan o sienten sin filtro. Practican la desmesura, arrojando palabras que parecen misiles. El otro, a quien ignoran, es sólo una especie de puching-ball que recibe los golpes. Una desaconsejable forma de "espontaneidad".

    25/06/2012


    Hace años, en la puerta del teatro Regina, emblemática sala porteña, mientras Susana Rinaldi, quien había asistido al espectáculo, conversaba animadamente con un grupo de amigos, irrumpió una audaz cazadora de autógrafos, y lo más campante, creyendo que sonaba graciosa, exclamó a boca de jarro: "¡Ay, qué dientuda sos, Tana. Personalmente se nota más!"

    Respuesta canchera: una explosiva carcajada expuso sin complejos, en primerísimo plano, la blanquísima dentadura de Rinaldi y asunto terminado. Gajes del oficio.

    Agresión solapada, que le dicen. Cualquiera de nosotros suma en su haber anécdotas, más o menos filosas y, la mayoría de las veces, para nada simpáticas, todo lo contrario. Sólo que no trascienden.

    Los protagonistas de estos raptos de "espontaneidad" suelen vivirlos con cierta satisfacción, alardeando de su franqueza, orgullosos de anteponer eso que interpretan como un rasgo de sinceridad, a cualquier precio. Totalmente ajenos al mal rato que provocan.

    El más mínimo sentido común advierte que es un riesgo poner la lengua en marcha antes que las neuronas. Sin embargo, en el día a día, se escuchan (con mayor frecuencia de la que quisiéramos) sentencias así de rotundas: ¡"Soy auténtica: siempre digo lo primero que se me ocurre!" "¡Yo soy frontal, nunca careteo!" "¡ A mí me gusta decir
    la verdad, cueste lo que cueste!"

    Para empezar, si tenemos la intención de dialogar, de participar de una conversación grupal, de que nuestras ideas o proyectos sean escuchados, tenidos en cuenta, bien recibidos, no resulta para nada oportuno -ni eficaz- eso de andar repartiendo clases magistrales de franqueza, con un tono de superioridad que irrita e incomoda.

    La comunicación chatarra se nutre de gente que primero habla y después piensa. Gente que disfruta lanzando agresiones disfrazadas de bromas, improvisando chistes burdos y, cuando la persona a quien toman de punto manifiesta su desagrado, en vez de poner paños fríos, de disculparse, opta por esgrimir la típica burla: ¡Qué amargo, che, no tenés sentido del humor!"

    Para los fundamentalistas de la verdad, demostrar su prepotencia es más fuerte y esta cerrazón les impide practicar la empatía. Ponerse, por un rato, al menos, en el lugar del otro, requeriría comprometerse con un cambio, transformar los pensamientos rígidos en otros más flexibles. El tema es que la voluntad de cambio, no se contrae por contagio ni se adquiere en cuotas.

    Ellos se jactan a ultranza de su franqueza, como si se tratara, nomás, de un modelo de virtud. Se apropian de la verdad, la hacen suya, sin matices, como si fuera única, absoluta.

    En la vida cotidiana advertimos que la persona sincera no alardea de su "cualidad". Actúa con prudencia, no se va de boca, busca palabras apropiadas, distingue firmeza de dureza, no hiere ni "prepotea", características de la comunicación violenta.

    Es decir, utiliza conductas de convivencia elementales, civilizadas, que le permiten expresar libremente sus pensamientos, sentimientos, decisiones, lo que sea, sin perder la sensibilidad necesaria que requiere el respeto.

    Ser frontal, en cambio, conlleva una serie de sufrimientos para quien soporta la desmesura de alguien incapaz de dominar sus impulsos. Persuadido como está de las "bondades" de su estilo franco, a la vez, se obstina todo el tiempo en repetir el mismo error: confunde espontáneo con maleducado. Nada que ver.

    Buena Vida › ¿Cómo digo lo que digo?
    ¿Dónde irán a parar las palabras que no se dicen?
    A lo que decimos, contrariamente al dicho, no se lo lleva el viento, sino que deja su huella en el otro. Cómo recuperar las palabras perdidas y, así, el respeto hacia los demás.

    12/06/2012


    Hubo un tiempo en el cual aprendimos a decir "buen día", "gracias", "por favor", "permiso".

    ¿Qué pasó? ¿Por qué dejamos de pronunciarlas? Es falso que a las palabras se las lleva el viento. Disponerse a recuperarlas depende de cada uno.

    A menudo, me preguntan: "¿Cómo puedo hacer para mejorar la comunicación con los demás?"

    Contesto: "Potenciando la calidad humana. Tratando bien a las personas".

    Por sonar simple, en apariencia, la respuesta desconcierta un poco. Sucede que ningún entrenamiento resultará francamente efectivo si antes somos incapaces de revisar (y modificar) conductas mezquinas, prepotentes, lapidarias, que sólo generan comunicación chatarra.

    La vida, a cada paso, se encarga de demostrar que, por ejemplo, la facilidad de palabra, el vocabulario rico o la inmejorable dicción (recursos valiosos y eficaces), no garantizan, sin embargo, el desarrollo de una buena comunicación.

    Abundan las personas que coleccionan títulos y diplomas, y a la hora de ningunear o de verduguear a quienen tienen delante lo hacen de modo muy natural. Da la impresión de que no los mortifica el más mínimo pudor. Según Lair Ribeiro, autor de La Comunicación Eficaz, son analfabetos comunicacionales.

    Unas cuantas generaciones crecimos escuchando el popular latiguillo: "porque te quiero, te aporreo". Y, se entiende, a fuerza de repetición, por el poder que ejercen las palabras y la meneada "sabiduría" de algunos refranes, muchos se creyeron esta cavernaria definición amorosa y la repitieron, la repitieron...

    En realidad, porque te quiero, te cuido. Porque te quiero, pienso antes de hablar: no digo lo primero que se me ocurre.
    Todos los días se cruzan comentarios de este tipo: ¡Hoy me saludó, seguro que se larga a llover! ¡ Milagro, dijo "gracias"! ¡Se equivocó! ¡Jamás va a reconocerlo: considera que pedir disculpas puede interpretarse como un signo de debilidad!

    ¿Dónde irán las palabras que dejan de decirse? Hubo un tiempo, una vez, en el cual aprendimos (nos enseñaron) a decir "buen día", "gracias", "por favor", "permiso", "lo siento", "perdón". ¿Cuándo las desaprendimos? ¿En qué momento decidimos ignorarlas, postergarlas, olvidarlas?

    Es falso que a las palabras se las lleva el viento. Más bien, parece un dicho acuñado para desligarse de cualquier compromiso. Muy a tono con la cultura light. Toco y me voy.

    Reivindicar el valor de la palabra compete a cada uno. Es una tarea personal y trans-fe-ri-ble. El asunto es proponerse. Ir al rescate de las palabras que humanizan, que inspiran confianza, serenidad, calidez y, antes que nada, inspiran respeto. Porque sin respeto (que proclamamos tanto y actuamos poco), sólo lograremos permanecer incomunicados.

    Para estar a tono con este tiempo apurado, es urgente ir en su búsqueda. Ponerlas, otra vez, en circulación. Darles la bienvenida.
    Convocarlas hasta que, por fin, se instalen y nos hagan la vida un poco más hospitalaria.

    Buena Vida › ¿Cómo digo lo que digo?
    Autoritarismo, ¡no!
    Amenazas y malos tonos revelan inseguridad en el ejercicio de la autoridad. Mejor, la firmeza amable y flexible, postulan las nuevas tendencias en gestión laboral.

    29/05/2012

    El jefe de una sección, cuya empresa sobrevivió a la crisis que se desató a fines de 2001, recordó que aquella dura experiencia, cuando el país se caía a pedazos, le había permitido poner en práctica la empatía, nada más ni nada menos que ponerse en el lugar del otro. Y su feliz iniciativa resultó útil.
    "La hostilidad es mal negocio -aseguró-. Yo no podía evitar que me recortaran personal; en cambio, podía decidir no empeorar el clima denso que se respiraba. Me sentía con la suficiente autoridad como para hacerme responsable de mejorar nuestra comunicación y de contener a ese grupo que, día tras día, llegaba arrastrando el pánico de perder su empleo".
    En el libro La Nueva Mística Empresarial, publicado en la década del noventa, sus autores, Gay Hendricks y Kate Lunderman (al cabo de años de investigación) explican y aportan infinidad de ejemplos de cómo es posible unir la espiritualidad y los negocios, de manera que constituyan un doble beneficio: para la economía y para el crecimiento personal.
    ¡Yo mando y ustedes obedecen! ¡Acá, nadie cuestiona! ¡El que no está de acuerdo, se va! ¡Ya saben, lo que yo ordeno es ley!
    Sentencias de este tenor (demasiado comunes, lamentablemente), que se manifiestan con un modo grosero, un lenguaje pedestre y un tono feroz, suenan a diario tras las voces más diversas: la de un gerente de marketing, el dueño de un comercio, el director de una financiera, la encargada de un supermercado...
    Claro, si comparamos estas "máximas" tan desafortunadas con la prédica de Hendricks y Lunderman, sus enseñanzas para encarar un liderazgo moderno pueden llegar a parecer, nomás, una utopía.
    Aunque no son sinónimos, a menudo, autoridad se confunde con autoritarismo. La autoridad se construye sin prisa y sin pausa, con hechos y conductas. Y se gana por derecho propio.
    Los autoritarios -casi siempre- son personas inseguras, que revelan incapacidad para desempeñar el puesto que ocupan. Les queda grande. Entonces, deciden enmascarar sus limitaciones, las disimulan, apelando a la prepotencia, levantando la voz, agrediendo a sus subordinados. Quien, de veras, se reconoce con autoridad, no necesita descalificar ni ofender a nadie. Siente confianza en sí mismo. A pesar de que se han producido cambios en las relaciones jerárquicas entre jefe y empleado/a, cuesta admitir que, en pleno siglo XXI, se mantenga un modelo de gestión pasado de moda, anacrónico: el de gerente-capataz. O sea: el subordinado acata la orden de su superior y la ejecuta.
    El cambio marcha a paso lento (en especial, considerando esta época tan vertiginosa). Todavía es más teórico que vivencial; predominan las costumbres arraigadas, el miedo de innovar. No obstante, existen los que se vienen fogueando para desarrollar con sabiduría su concepto de autoridad, avanzando por un camino flexible, escuchando sin juzgar, construyendo mensajes claros y practicando una dupla que se potencia: firmeza y amabilidad.
    En términos globales, hace rato que se conocen las bondades de trabajar en un lugar donde las presiones -inevitables- se pueden amortiguar. Cuando el mandamás pone esmero en cultivar una comunicación sana, humanizada, cuyos pilares se apoyan en el respeto, el compromiso y la honestidad, valores clásicos (y rezagados) , el personal lo recibe como un estímulo y reacciona positivamente.

    Buena Vida › ¿Cómo digo lo que digo?
    Gestos y conductas también son lenguaje elocuente
    Cómo marcar el límite y aplicar una estrategia de autodefensa cuando un monologuista catártico se cruza en el camino.

    23/05/2012

    Apenas lo escucho cerrar la puerta del auto, me doy cuenta si mi marido llegó de mahumor. Nunca me falla", comenta , sonriente, una ceramista que tiene el taller en su casa.

    Entusiasmada con el comentario, la empleada de una inmobiliaria, también aporta un ejemplo:

    -Cuando mi jefe viene torcido, no hace falta hilar fino, su conducta es obvia. Arroja el portafolio y las llaves sobre el escritorio. Abre y cierra con fuerza cajones y armarios. En fin, mete barullo. Recién cuando se le pasa la bronca, se acerca a saludarnos.

    El lenguaje no verbal es determinante, representa el 55 por ciento de la comunicación. Comunicamos todo el tiempo: miradas, tics, gestos, estilos, conductas, expresan mucho más que las palabras. Y, a veces, las desmienten.

    En la era digital, donde es común enviarle un mail al vecino de escritorio, las relaciones interpersonales constituyen un desafío. Primero me ven, después, con suerte, me escuchan.

    Cada persona es una usina de información. El problema radica en que no registramos, no advertimos las señales que envía el interlocutor/a. O, peor aún, no nos importa, las ignoramos.

    ¿Me doy cuenta si le interesa el tema o prefiero abrumarlo con datos y detalles que le aburren, que no le atraen para nada?
    ¿Tiene ganas de escuchar? ¿Presto atención si el otro (¿mi semejante?) está ocupado, apurado... No, para nada, pongo primera y arranco.
    A menudo, la vida nos cruza con monologuistas cataráticos, que abruman -y atropellan- con su incontinencia verbal, sin el más mínimo respeto por la persona que tienen delante.

    En efecto, a estos desconsiderados que se multiplican (porque aumenta la tendencia de desestimar al prójimo) sólo les interesa desahogarse, totalmente ajenos al malestar que provocan. Ni los suspiros, ni las desesperadas consultas al reloj, ni la tensión, ni la violencia que se está gestando en su víctima de turno, los conmueve.

    En defensa personal, conviene poner límites. Y el límite no tiene por qué ser brusco ni agresivo. Apelar al humor, a una fina ironía, cambiar de tema, expresar incapacidad para elaborar semejante información, resultan estrategias efectivas.

    Quienes pasan por estas situaciones, confiesan que, en general, les cuesta plantar el stop. A la vez, reconocen que después de soportar a alguien verborrágico,sienten una violencia interna que no pueden contener y, entonces, suelen ser injustos con alguien en particular o con su grupo de pertenencia.

    Ponerse por un rato en el lugar de la otra persona,respetar sus tiempos, su silencio, sus ganas o su desgano, acompañar su estado de ánimo, sin invadirla, y administrar la ansiedad propia ,es una gimnasia saludable que vale la pena iniciar en cualquier momento. Siempre se está a tiempo.

    Buena Vida › ¿Cómo digo lo que digo?
    Por la comunicación efectiva
    Diferencias entre pedir y exigir, y el buen trato como eje de un intercambio positivo, con efecto multiplicador

    11/05/2012


    Hoy, a la par de nuestra actividad específica, necesitamos habilidades, recursos para divulgar, persuadir, escuchar, vender... tan necesarios como realizar bien el trabajo.
    Justamente, por tratarse la comunicación cara a cara de un hecho natural y automático, nos desentendemos de ella y, como sucede con otras cosas importantes de la vida, pensamos que no hay nada que aprender. La subestimamos.
    Recuerdo la preocupación que traía una enfermera, mujer cálida, con auténtica vocación de servicio. Tenía personal a su cargo que, en vez de aprovechar las bondades de una jefa que no necesitaba alzar la voz para demostrar su jerarquía, abusaba de su modo amable, comprensivo. Lo confundía con debilidad de carácter.
    -Yo hablo y hablo y no me entienden. Como si lo hiciera en otro idioma. Me canso de explicar, de pedir... En cambio, mis colegas de otros turnos tienen cortito al personal y lo verduguean. Me consta que les obedecen por miedo, no por respeto, se lamentó, angustiada.
    Acá, el problema no pasa porque a la enfermera le cuesta hacerse entender. Ni porque su mensaje es poco claro. El "ninguneo"del personal sobreviene por conceptos equivocados. Porque se asocia autoridad con autoritarismo y firmeza con dureza.
    ¿Cómo digo lo que digo? ¿Con impaciencia? ¿Con prepotencia? ¿Con soberbia?
    Convengamos que no suena igual pedir que exigir. El ejemplo que relato no es aislado. Se repite en todos los niveles sociales y tiene que ver con nuestra resistencia al cambio. Con seguir manteniendo costumbres y creencias obsoletas, en un mundo que marcha a gran velocidad. Que no se detiene.
    Si nos ocupamos de mejorar como personas (si crecemos), nuestro modo de interactuar será un fiel reflejo de esta conducta. Se beneficiará. La experiencia demuestra que el buen trato tiene efecto multiplicador, ahí donde se practique. Afuera o en casa. La ecuación es simple: no hagas a los demás lo que te disgusta que te hagan a vos.


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