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Nada de malentendidos
La Nación - 3/7/2002
La alfombra mágica

Prólogo

En 1991, cuando el diario La Nación lanzó el suplemento de Turismo, en el mercado editorial la oferta era escasa, y los artículos sobre viajes resultaban, francamente, aburridos porque, a menudo, eran transcripciones de folletos.
La alfombra mágica aportó el formato de una carta breve, amena, que informaba sin abrumar y con el valor agregado de que sus personajes -gente típica de cada región que se describía- se hicieron familiares para el público.
A mediados de 1996, "la alfombra" levantó vuelo por última vez.

Algunas cartas:

La Nación - 22 de Marzo de 1992
Lo mejor de nuestra vida

¡Queridos viejos! Acá estoy, con mis entrañables amigos, loco de la vida, emocionadísimo. Parece un sueño, francamente, que los tres mosqueteros nos hayamos reunido, por fin, después de tantos años. Pueden imaginarse, nos hablamos todo, sin parar, sin dormir, muertos de risa, mezclando los recuerdos, haciendo mil preguntas. Nuestro encuentro fue gracioso, nunca he dado ni recibido tantos abrazos juntos. ¡Qué tipazos mis amigos! Mauro echó un lomo bárbaro, está encantado con su experiencia en el kibutz, dice que es el mejor método contra el consumismo y la obsesión por la guita. Trabaja la tierra, vive en contacto con la naturaleza y conduce un grupo de teatro.

Su kibutz (en hebreo significa asentamiento comunal) queda a 270 kilómetros de Tel Aviv, al norte de Israel, y a sólo 25 de la frontera con el Líbano. Se va por la costa, bordeando el Mediterráneo; fuimos con el auto de Daniel. Como les conté en la otra carta, aquí las multas de tránsito son muy severas, así que Dani me advirtió: "Ojo, no se te ocurra tirar ni un suspiro por la ventanilla”. Pasamos por Ganshmuel (El jardín de Salomón), zona de cítricos; cultivan pomelos y naranjas jugosas y enormes. También hay frutillas del tamaño de una ciruela; ojalá pudiera despachar algunas con esta carta.

Pasamos por playas y paradores hermosos y al llegar a Haifa se deja el mar atrás para avanzar hasta la Baja Galilea. Allí queda Carmel, tierra de vinos exquisitos y caros. Compramos varias botellas para celebrar este glorioso encuentro. Mauro vive en la Alta Galilea, un paraíso con bosques, parques naturales, acantilados y cuatrocientas especies migratorias de pifaros.

Por estos pagos se pueden practicar montones de deportes al aire libre: desde andar en bici hasta surcar los ríos en balsa. Pero, a la vez, este sitio es tan antiguo que estremece. Hay fortalezas de la época islámica y de los cruzados, sinagogas del tiempo bíblico, la ciudad de Hatzor, fundada hace tres mil quinientos años (leyeron bien), con sus palacios canaanitas, sus pozos y establos. La zona de Banias, al pie del monte Hermón, el punto más septentrional de la prédica de Jesús por Galilea. A principios del siglo era una región de pantanos, mientras que hoy la agricultura moderna permite encontrar los cultivos más avanzados.

Aunque Mauro tuvo unas cuantas novias, todavía no quiere engancharse en serio. Daniel se dedicó a estudiar. ¿Viste mamá?, no soy el único que le escapa al matrimonio, hasta en esto coincidimos. Las chicas israelíes son muy independientes, sobre todo después del servicio militar: para las mujeres dura dos años. Observándolas da la impresión de que no se hacen drama por el maquillaje; prefieren lucir naturales. Lo mismo pasa con las más grandes. La cantante de rock que está en el candelero se llama Rita; me regalaron dos cassettes con sus temas de moda.

Esto que me ocurre es muy fuerte, difícil de explicar con palabras, lo que escribo es apenas una aproximación. Los tres seguimos unidos por el cordón invisible de la adolescencia compartida. Cada vez que brindamos con el rico vinito de Carmel -y brindamos seguido-, nos ataca la melancolía; no le damos cuerda ni espacio para que se instale. Aquellos fueron años felices, inolvidables, pero corresponden a otra etapa.

Los tres mosqueteros sabemos que lo mejor de nuestra vida aún no sucedió. Shalom, Fabián

Dionisia Fontán


La Nación - 7 de Febrero de 1993

Caruso en el corazón

Cara Manón: ¿te imaginás cuando nuestros compañeros de la tertulia del Colón se enteren de que entre nosotras nos gusta llamarnos como las protagonistas de famosas óperas? A su turno, a Fernando le diré Sigfrido, se divertirá; ¡con la falta que hace un poco de humor!

Anticipé que esta carta sería imperdible, me darás la razón. Apenas se llega a la estación ferroviaria de Sorrento (a 50 kilómetros de Nápoles), una estatua te da la bienvenida en la plazoleta de al lado. Nada que ver con un adusto prócer, es el músico Antonio De Curtis, célebre autor de "Torna a Surriento”, quien popularizó tanto a esta pequeña ciudad silenciosa, rodeada de jardines y villas convertidas en preciosos hoteles.

Es como recorrer una zona de quintas, a un paso del mar, llena de naranjos, Santa Ritas de todos los colores y mucho verde. Una de esas señoriales villas es el histórico hotel Excelsior Vittoria, donde Enrico Caruso, ya muy enfermo, pasó sus últimos días. El hotel queda sobre la Marina Piccola; ahí tomé el straghetto (barco) para llegar a Ischia, en el Tirreno.

Con el apurón, en la última carta olvidé contarte que Ischia es la reina de los baños termales y que sus vinos son un poema. Por los fans de la lírica brindé con blanco Lacrima Cristi y me mandé un bis con tinto Gragnano.

Torno a Sorrento: visitar la terraza del Excelsior Vittoria me conmovió hasta las tripas. Allí, presagiando su despedida, el gran Caruso se acompañó al piano y estuvo cantando, casi, hasta morir.

Años atrás, cuando Lucio Dalla se hospedó en el mismo hotel (y en el mismo cuarto) le contaron esta dolorosa historia. Fue tan intensa la emoción, se sintió tan inspirado, que de un plumazo compuso “Caruso”, tema que pegó fuerte y dio la vuelta al mundo.

Acá son artesanos de la marquetería; hacen auténticas maravillas con la madera. Hay colecciones de cajas de música de madera pintada de cualquier forma y tamaño. Te compré una que sirve de alhajero, con llave y todo (para tus esmeraldas); es azul mediterráneo y al abrirla, ¿adiviná qué se escucha? “Torna a Surriento”, más vernácula imposible. Hasta que volvamos a encontrarnos. Mimí.

Dionisia Fontán


La Nación - 9 de Abril de 1995
Galicia no es cuento

Querida Manolita: sólo ahora comprendo la morriña de nuestra abuela paterna, cuando nos llenaba la cabeza con su adorado terruño. Sí, sólo ahora comprendo esa pasión que sentía por el mar y lo mal que se ponía después de las vacaciones, cuando la vida playera quedaba atrás.
Fue impactante llegar a Galicia, me emocioné hasta la médula. De tan verde, parece un bosque. Ni siquiera las duras heladas de invierno agotan el intenso verdor. Es un paisaje maravilloso, lleno de pinos y eucaliptos. La familia me esperaba en el aeropuerto de Santiago de Compostela (decorado con distintos tonos de verde y plantas de interiores: un chiche). De ahí rumbeamos para Carnota; el pueblo queda a 76 kilómetros.
No bien se abandonan las carreteras principales, los caminos son angostos, llenos de curvas y precipicios, sin lugar para banquinas, peligrosos. Completamente abierto al océano, pintoresco, Santa Columba de Carnota, nombre completo del pueblo donde nació abuela Carmiña, la galleguita, tiene 7 kilómetros de playa en forma de una gran letra C.
Carnota tiene el hórreo más largo de Galicia: mide treinta y cinco metros y es una especie de monumento local. Construidos en piedra o madera y apoyados sobre pilares cortos, los hórreos se ven por todas partes y almacenan la cosecha para que no se la coman los ratones.
Aunque la gente habla gallego o castellano, indistintamente, de primera intención te saluda en gallego. Las casas son de piedra, con la típica “pedra do lar”, fogón de leña para cocinar y calentar el ambiente en los bravos inviernos. Como sucede a menudo en los pueblos, los adolescentes disparan después de la secundaria. Me llamó la atención que las mujeres grandes vistan de riguroso negro. También es negro el pañuelo que se anudan bajo el mentón para asistir a misa. Parecen salidas de alguna escena de García Lorca; la mayoría son viudas de hombres que el mar se llevó.
No paro de comer, mejor dicho: de devorar. Me agasajan todo el tiempo, imposible resistirse a la tortilla de pan desmenuzado, huevos, leche y rodajas de tomate, que al darla vuelta espolvorean con azúcar. Hay manjares para chuparse los dedos, van acompañados con vino Albariño-Gades, de las rías baixas. Más noticias en la próxima carta; me duele la muñeca de escribir. Besos y abrazos. Tu cariñosa prima y compinche.

Dionisia Fontán



La Nación - 9 de Julio de 1995
Carlitos canta mejor

Mi linda Mireya: después de llorarnos todo en Medellín y de rendirle nuestro sentidísimo homenaje al troesma, en su sesenta aniversario, los muchachos quisieron conocer la isla de San Andrés.
Estando en Colombia, era una lástima privarse de este paseo. Al principio me resistí un poco, pero agarré viaje antes de que me tomaran por un pollerudo. Perdoname, vieja.
El Caribe colombiano es un paraíso. San Andrés mide 45 kilómetros, tiene playas cubiertas de coralitos rojos, así que al mezclarse con la arena blanca se produce un efecto maravilloso y, como si fuera poco, el agua es transparente, cristalina.
Menos mal que no viniste, me moriría de celos. Acá hablan castellano, inglés y un dialecto que se llama Caribbean English; es una de las regiones colombianas con menos analfabetismo.
Me compré un bermuda floreado, lleno de palmeras, paisaje muy común aquí, donde los cocoteros son reyes y señores. Estaba tan blanco que sentí vergüenza de mi look anémico. Sin embargo, una breve caminata bajo el fuerte sol caribeño fue suficiente; ya tengo otra pinta,
El color verde es absoluto. Además de monopolizar todos los jardines, las entradas de las casas son un derroche de verde.
Pasear con los chochamus por el malecón (costanera) nos pone sentimentales y cantamos el repertorio de Carlitos más desafinados que nunca, pero desde el alma.
Un amigo colombiano, más fana de El Mundo que nosotros, intentó hacernos probar el típico patacón pisao (banana frita machacada); no hubo caso, ninguno se animó. En cambio, la piña colada me gusta, se deja tomar, forma parte del pintoresquismo. A diez minutos del centro hay una playa de ensueño, San Luis, zona de gaviotas y de bellos pájaros. Al verlas, recordé a Juan Salvador Gaviota, me sentí poeta y agradecí al cielo esta oportunidad inolvidable. Te abraza, tu amante esposo. Alias Gardelito.

Dionisia Fontán



La Nación - 3 de Septiembre de 1995
Un paseo por la Edad Media

Dragoncito de Libra: cuando yo era chica, mi abuela, la gringa, me contó que conocía los célebres baños termales de Karlovy Vary. Pero, ya sabés, en la infancia estas historias no se valoran. Para peor, mi otra abuela, la criolla, solía retrucarla explicando que acá estábamos muy orgullosos con nuestras Termas de Río Hondo. Así las cosas, el tema se agotó pronto.
Ahora, esos regalos de la vida, tengo la feliz oportunidad de visitar el spa más importante de la República Checa, a ciento cuarenta kilómetros de Praga, sobre un valle dividido en dos por el río Carlos. Paisaje magnífico, arquitectura fascinante, el pasado y el presente conviven con armonía y, como telón de fondo, siempre acompaña el murmullo de las muy variadas fuentes de aguas terapéuticas.
Paramos en el modernísimo Terhmal Hotel, tiene tres salas de cine, montones de chiches y de confort y suficiente aire acondicionado como para bancar un verano tórrido, con temperaturas de 39 y 40 grados. Después de “la revolución de terciopelo”, como se denominó a la pacífica transición democrática tras la caída del muro de Berlín, la República Checa surgió el 1º de enero de 1993.
Por eso, a los ciudadanos checos les molesta que al referirse a su país se diga Checoslovaquia. Ellos pertenecen a la República Checa, un Estado que se sobrepuso a su condición de tierra dominada, ocupada, y hoy disfruta aires de libertad. Este viaje, algo más que turístico, sacudió mi memoria. Mientras abandonaba la capital, rumbo a Karlovy Vary, por una carretera buenísima, recordé aquella dramática Primavera de Praga, del sesenta y ocho, que Milan Kundera noveló con maestría en “La insoportable levedad del ser”.
Algunos historiadores consideran que Praga es la única gran ciudad medieval que se conserva en el mundo. Debe ser cierto, aunque los turistas no andamos con la vara del tiempo; recorriendo las antiquísimas callecitas de la Ciudad Vieja (Staré Mesto) tuve la impresión de estar veraneando en la Edad Media. Y cuando probé el famoso licor Becherovka, digestivo, amargo, con hierbas medicinales, me reaparecieron amenazas de la infancia: “Si no te portás bien, vas a tomar...” Era algo muy parecido al Becherovka.
Montañas de besos. Monito de Acuario.

Dionisia Fontán



La Nación - 24 de Marzo de 1996
El Guernica emociona

Doña Francisquita: querida hermana, te llamo así en homenaje a papá, que adoraba la zarzuela. Como diría el viejo, haber visto el auténtico Guernica, en vivo y en directo, ya justifica el viaje a España. Pobre papá, siempre debió contentarse con admirar reproducciones de su entrañable compatriota; cuando volvió a España, el cuadro de Picasso aún permanecía en el Museo Metropolitano de Nueva York.
Así es la vida. No sé cuántas horas estuve en el Reina Sofía, cuyo nombre completo es Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y reúne lo mejor de la pintura y de la escultura española de este siglo. Hasta para elegir la fecha tuve suerte, como si me hubiera guiado papá. Desde diciembre, el Guernica puede contemplarse sin el cristal protector que tenía por razones de seguridad.
Qué puedo agregar: es francamente conmovedor, como el trágico suceso que lo inspiró, en 1937, durante la Guerra Civil Española. También se exhiben bocetos del cuadro y otras maravillas de Picasso, como “Mujer en azul” (1901), o “Instrumentos de música sobre una mesa” (1926), que nos acompañaron desde la infancia a través de ilustraciones de libros y de bellas reproducciones.
Las visitas al Reina Sofía (fueron varias; no me importó sacrificar otros paseos) me dieron vuelta. Ahí están todos juntos: Picasso, Miró, Dalí, Juan Gris... Un festín. Este inmenso centro artístico, con biblioteca y documentación de lo que se te ocurra, abierto al público, funciona en Santa Isabel 52, en un antiquísimo edificio de dos siglos, cuyas torres de cristal permiten deleitarse con una espectacular vista panorámica de Madrid.
Te aviso que acá la gente ya empezó a reservar entradas para la ópera “Aída”: se representará en la Plaza de Toros de las Ventas a fines de junio. Hay previstas cuatro funciones, ¿Por qué no jugás al bingo, eh? Sería un golazo ganar platita dulce y patinarla toda en viajes, la inversión más inteligente.
Conociendo la ruta del Quijote, se comprende que la hayan presentado a la Unesco, con la intención de que sea declarada Patrimonio de la Humanidad. Ahora me doy cuenta de que nuestro padre era un manchego pura cepa. Quijotesco como su antepasado, idealista y soñador.
Apenas llegué a Cuenca (a 167 kilómetros de Madrid), le pedí al taxista que fuera directamente hasta las Casas Colgadas. El hombre me preguntó si las conocía y entonces le dije que mi padre había crecido en los alrededores. Mirá, por más fotos y postales que hayamos visto de esta originalísima construcción del siglo XV, toparse con estas casas, que parecen suspendidas en el aire, es muy fuerte. La que alberga al Museo de Arte Abstracto Español te deja sin aliento. Por algo, durante años, se organizaron charters desde los Estados Unidos que venían a Cuenca especialmente para visitar este museo de extraña arquitectura.
Como la Semana Santa conquense es una de las más atractivas de España, quizá la pase aquí. La otra variante es hacer una especie de picada: un poco en Cuenca, otro en Alicante, junto al Mediterráneo, donde habrá una veintena de procesiones y más de diez mil participantes.
Te extraño. Un abrazo grandote. La Violetera.

Dionisia Fontán


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