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La emoción no está prohibida, Peña Lillo editor, 1978

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La emoción no está prohibida

Prólogo

Este libro -ya agotado- recopila algunos textos que fueron publicados en la página La Mujer, de la revista Siete Días, entre 1973 y 1976. Son relatos, crónicas, testimonios y entrevistas a gente común.
En la década del setenta, los movimientos feministas estaban en plena ebullición. Las mujeres empezábamos a tomar conciencia de nuestros derechos y a trabajar por un mayor protagonismo, por espacios que, todavía, nos eran vedados.
Aquella página semanal se convirtió en un referente -fue una bisagra en mi profesión- y en 1977, mereció el premio de la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas, ADEPA, categoría Redacción. Fui la primera mujer que obtuvo este reconocimiento, otorgado por un jurado en el que participaron periodistas de raza, como Juan Valmaggia y Luis Mario Lozzia.
El título, La emoción no está prohibida, me pareció representativo de una época en la cual -casi todo- estaba prohibido.


Algunos relatos:

Seducción a la hora del crepúsculo

Debe tener más de 50 años y hace por la menos diez que ha dejado de ser una mujer medianamente atractiva. Luce (es un decir) una abigarrada mata de pelo rojizo y un vestido de lanilla verde que le marea la abrumadora curva de sus caderas. Cuando habla tiene gestos de adolescente y con sus manos dibuja ampulosos círculos en el aire y provoca el cascabeleo de sus pulseras. Estamos sentadas frente a frente, acodadas sobre la mesa de un bar de la calle Lavalle, ella comiendo un sandwich que deglute entre bocanadas de un cigarrillo tras otro.
Tenía muchas ganas de conocer a esta mujer, aun cuando de entrada me advirtió que no se prestaría a un reportaje, que ya no le interesaban las entrevistas. La llamaremos Dora y actúa en uno de esos teatruchos que últimamente proliferan en Buenos Aires, para consumo de señores más o menos aburridos, en donde diez o quince muchachas “lujuriosas” se exhiben desnudas y proponen un triste remedo de erotismo. Desde luego, los afiches las pintan hermosísimas, lo suficientemente seductoras como para que cualquier porteño bravío – y más de un incauto forastero – se sienta magnetizado.
Por razones profesionales, asistí a un par de esos espectáculos (creo que no había otra mujer en la platea) y puedo asegurar que, casi sin excepciones, el elenco de coristas está constituido por incipientes matronas cuyas carencias y excesos procuran disimular, vanamente, a fuerza de mohínes, luz atemperada y estribillos con triple intención, abiertos a consonancias fácilmente captables por el público. Es el público, en realidad, quien brinda el espectáculo más sabroso, ya que los diálogos – de grosera ingenuidad – son frecuentes.
En una de esas salas, Dora oficia, a partir de las 8 de la noche, no menos de seis sesiones de strip-tease. El strip-tease es una ceremonia decadente y aburrida que consiste en quitarse la ropa de a poco, muy desganadamente, de modo de producir una cierta irritación nerviosa en la platea y de azuzar la líbido de tanto represivo sexual que anda suelto. Según Dora, en su elenco hay una chica cuyo strip-tease se gana los mejores aplausos de la noche y que, pudorosa, actúa de incógnito. Obviamente tiene un seudónimo y en su casa creen que ella trabaja de telefonista.
Dora insiste en que el suyo “es un trabajo como cualquiera”. Redondea un módico sueldo y debe hacer siempre lo mismo en entradas que le insumen apenas cinco minutos. Dice que estudió danzas y que está revisando una oferta para emprender una gira por países del Pacífico. Asegura que está contenta con su suerte y que no le molestan las palabrotas que le golpean la piel. Hace veinte años que se desempeña en el género burlesque, al principio en provincias, nunca en su Tucumán natal, así que está curtida y puede presumir de benévola: “Los muchachos sienten necesidad de decir cosas, se desahogan imaginando cosas en voz alta, y cuando se ríen sólo se están burlando de sí mismos”.
Le pregunto si no le molesta la competencia que las coristas ejercen entre sí sobre el escenario. Las hay que cumplen su número con especial agresividad, superando con holgura el nivel de la insinuación. “Mirá, chiquita – me dice Dora –, cuando una huele que su trabajo no gusta, entonces le quedan das caminos: o cuelga el taparrabos y se dedica a otra cosa, o manda al demonio la vergüenza y le da a la gente lo que la gente está pidiendo. Como podrás imaginar, al principio yo me moría de susto cada vez que debía salir a escena. Después comprendí que en escena hay que entregarse por entero al público. Ojo, mirá que esto mismo lo dicen los grandes actores; el otro día lo dijo Alberto Closas por televisión y la verdad es que me reconfortó”.
Cuando Dora terminó su sandwich y pidió un café, me armé de valor para preguntarle si realmente se creía hermosa, “digamos un exponente de lo que el público ansía ver”. A mi juicio no lo era: a medio metro de distancia resultaba ostensible todo atisbo de lozanía, que las cotidianas vejaciones sufridas sobre el escenario habían surcado su rostro y desvencijado su espíritu, que sus ojos de mirada huidiza trasuntaban congoja.
“Lo que yo crea no importa mucho”, miente como para ganar tiempo, en tanto sus manos vuelven a trazar raudas espirales. “Tengo tantos admiradores como a los 20 años; lo que importa es lo que piensan ellos. Y aunque estoy un poco gorda bueno, también estoy gorda de arriba y eso a la muchachada le encanta. Y además aprendí a moverme, cosa que las más jóvenes no saben, se ponen tiesas, lo cual es una compensación”. Habló un rato largo, abundó en estos mismos conceptos, repitió una y otra vez que su profesionalismo la obligaba a experimentar nuevas fórmulas de atracción. Hasta que se queda callada, revolviendo el café, y de pronto me mira, menea su cabeza y esboza una sonrisa casi lastimera. “¿Sabés una cosa? – dice, ya en un susurro –. Al fin me vas a hacer llorar”.
Dije al principio que tenía muchas ganas de hablar con Dora porque yo sé que hace unos días, en el camarín que comparte con otras seis coristas, ella lloró de veras. Esa noche, alguien del público, uno de esos tipos que gritan obscenidades y que deliran aberraciones (palabras que en el fondo tienen valor de piropos), alzó su vozarrón para endilgarle la peor humillación: “¡Acabala, abuelita!”, le dijo. Y sé que Dora gimoteó largamente.



Cartas

Como estaba desvelada, encendió la pequeña linterna y por milésima vez se dedicó a releer las cartas que 1e había escrito Pedro. A razón de dos por semana, Pirucha calculó que tenía papel de sobra para empapelar una casa grande. Giró el haz de luz hacia su reloj pulsera: eran nada más que las cuatro de la mañana y ella aún con los ojos abiertos y un nerviosismo que le hacía doler la piel, como si realmente resultara poca para cubrirle el cuerpo. No encontraba posición en la cama, que para colmo crujía que era un contento. Tan ansiosa estaba, que más de una vez debió contenerse para no despertar a Ester y a la Lunga.
Abrumada, impaciente, contando los minutos casi con desesperación, intentó hallar un rato de paz refugiándose en el recuerdo. Todo había empezado cuando la Lunga le enseñó la fotografía de su primo Pedro una noche de tormenta. Las dos estaban melancólicas, con ganas de intercambiar cuitas y forjar sueños. Entonces, mientras Pirucha calentaba el agua para unos mates, la Lunga abrió su caja de madera barnizada y empezó a extraer chucherías, sus bienes, como ella decía en broma. De pronto desparramó sobre la mesa estampitas de Ceferino; recortes de diarios y revistas con sus actores y cantantes favoritos; una medalla de oro con su nombre – Otilia – grabado en cursiva y por fin la fotografía en colores de un muchacho rubio, de pelo enrulado y bigotes finitos, como hebras de sedalina.
– A ver, qué churro, che ¿quién es? – exclamó entusiasmada Ester, la más dicharachera y también la mayor.
– ¿Viste qué lindo pibe? Es mi primo hermano Pedro: nos criamos juntos. Él se quedó en Misiones y yo decidí venirme a la Capital. Es de bueno... ¡y hay que ver qué educado! Lástima que nunca tuvo plata para estudiar. El maestro del pueblo decía que Pedro era muy inteligente, que debía continuar una carrera. ¡Má qué carrera si éramos pobres como ratas! El viejo los abandonó a todos, son cinco hermanos, y tuvieron que yugar en serio. Pero ahí tienen, el muchacho nunca se torció.
Y como Pirucha se había quedado deslumbrada ante el simpático rostro del primo de la Lunga, a ella se le ocurrió pedirle que le escribiera. “Andá, sé buenita, Pirucha. Vos tenés linda letra, redonda y parejita. Dale, Ester y yo te ayudaremos...”
Medio en broma, medio en serio, tanto como para sacudir su rutina, Pirucha empezó a cartearse con Pedro. Conmovido por el hecho de que una chica de Buenos Aires se tomara el trabajo y el interés de escribir a un campesino, algunos días después Pedro le respondió.
Poco a poco la intensidad epistolar fue creciendo: a Buenos Aires llegaban puntualmente a razón de dos cartas por semana; abultadas, comunicativas, llenas de reflexiones y de chistes. Era evidente que el muchacho estaba eufórico con esa amiga porteña que jamás había soñado tener. Tan contento, que de repente el arraigado hombre de tierra adentro, vislumbró tímidamente la posibilidad, ahora no tan remota, de viajar a la Capital.
La Lunga fue la primera en darse cuenta de que Pirucha estaba recelando de su correspondencia, que ya no le hacía gracia compartir a Pedro con ella y con Ester. “Me parece que la cosa va en serio – le dijo a boca de jarro –; te estás enamorando de Pedro. Qué risa me da pensar que podés convertirte en prima mía; porque Pedro no es de esos tipos que va a jugar con los sentimientos de una. Si lo conoceré yo... jamás anduvo en líos de faldas, el muchacho es serio. Con él se anda derecho. Pero, ¿qué te pasa, Pirucha, por qué llorás? ¿Sos zonza vos?”
Acongojada, Pirucha extendió la carta escrita en papel color crema: “Leé, Lunga, leé y decime si no es para llorar a gritos”. Como la Lunga en seguida enmudeció y se puso pálida, Ester le arrebató el papel de la mano y leyó en voz alta : “...estoy decidido, mi querida Pirucha – explicaba Pedro en el último párrafo –, después de once meses de escribirnos ya no me conformo con mirar tu foto todo el santo día. Necesito conocerte, necesito acariciarte y besarte. Quiero que te casés conmigo, Pirucha de mi alma, y perdonáme el atrevimiento. Perdonáme que tenga la pretensión de arrastrarte hasta mis pagos, justo a vos que sos una persona acostumbrada a la gran ciudad y a las lindas y atractivas luces del centro. Pero la prima Otilia dice que allí los pobres no la pasan tan bien como se imagina uno cuando está lejos. Y para seguir soportando miseria y privaciones, para trabajar duro y sin esperanzas, es mejor abandonar aquello por esto; es más sano, querida, más natural e inocente. ¿Me aceptarías como esposo? Tengo plata ahorrada como para ir a buscarte. Eso sí, yo soy a la antigua, ¿sabés?, quisiera ir personalmente a pedir tu mano y nos casaríamos donde vos digás, como Dios manda. Contestame pronto, no imaginás qué angustiado me siento y qué miedo tengo de que la idea no te entusiasme demasiado. Te abraza, Pedro”.
Finalmente, la luz de la linterna también desperitó a Ester, que por lo visto, al igual que Pirucha, andaba con el sueño liviano. En la penumbra las dos mujeres se miraron con infinita tristeza: entonces Ester decidió envolverse en la manta gris y cruzarse hasta la cama de Pirucha, que lloraba a moco tendido, ahora con hipo. Con gesto solidario las dos mujeres se estrecharon en apretado abrazo, mientras la enorme bolsa de plástico que resguardaba las cartas de Pedro, se deslizó hasta el piso y ese pequeño ruido despertó a la Lunga.
Esta vez se apretujaron la tres para llorar a coro, débilmente iluminadas por el último resto de una vela prácticamente derretida. Sin embargo, aunque mortecina, la luz alcanzaba para reflejar el perfil de aquel ambiente sórdido, sobre todo en una dirección: la de los rígidos, infranqueables barrotes de la celda.


Las psicoanalistas de la noche

Habla Marcela, 27 años, mendocina, alta, rubia, curvilínea, lleva un ceñido vestido rojo de jersey, muy escotado, no usa corpiño: “Me metí en este oficio apenas llegué de mi provincia, cinco años atrás. Ahora, después de haber intentado otros trabajos (fui cajera en un supermercado y vendedora de tienda), reconozco que esto que elegí me gusta de verdad. ¿Cómo decirle?, me divierto comunicándome todos los días con hombres diferentes. Se aprende mucho, sobre todo porque yo sé escuchar, hablo poco. Mi familia no sabe lo que hago, ¿para qué? En la provincia, la gente es más prejuiciosa, chapada a la antigua... Si algún día llegaran a enterarse, mala suerte, tendrán que aguantarse; yo solita paro la olla para que mis hermanos menores puedan seguir estudiando. ¡Qué quiere, con el sueldito miserable de cajera y lo que cuesta hoy día pagar una pensión, era candidata a morirme de hambre! Las alternadoras (no me gusta la palabra coperas, es despreciativa) trabajamos con total libertad. Figúrese, entro a este local a las once de la noche y me voy a las cuatro y media de la mañana. Cuando estuve apretada de dinero, llegué a trabajar en los dos turnos: el de la tarde comienza a las seis, no bien caen los primeros maridos tramposos, esos que están obligados a fichar temprano en sus casas y que ni por casualidad vienen por aquí sábados o domingos. Si usted se pone a recorrer los boliches de la noche, se encontrará con montones de chicas y grandes (hay de todo) que piensan lo mismo que yo. Quiero decir que les encanta hacer relaciones públicas, ésta es una forma de hacerlas; de repartir simpatía y a menudo consuelo a tanto tipo solo y triste que anda suelto. Al fin y al cabo éste es un trabajo como cualquier otro; nosotras no engañamos a nadie. En cambio, mire, conozco a cada una que se las da de secretaria o de telefonista y que después de la oficina empieza a trabajar de otra cosa. Y sea sincera, ¿acaso no es más inmoral? Las alternadoras pueden elegir su clientela; ningún patrón obliga a su empleada a armar citas después de hora; eso corre por cuenta y riesgo de cada una, si es que tiene ganas, si le gusta el cliente, si se enamoró de él”.

Habla Pilar, 53 años, porteña, encargada de un bar nocturno: “Calcule, a mi edad y luego de diez años al frente de este negocio, ya estoy de vuelta de muchas cosas. Aunque nunca fui alternadora, hay algo que no comparto: que el marido de una copera no se oponga a que su mujer continúe trabajando en esto. ¿Me quiere decir qué clase de amor siente por ella? El amor es exclusivista, egoísta, celoso; y un hombre no puede permanecer de brazos cruzados, mientras su mujer anda aceptando requerimientos de desconocidos y le vuelve a casa al amanecer. Siempre les digo a mis chicas (para mí son como hijas, ¿sabe?), cuídense, no
sean tontas, ahora hay cualquier cantidad de anticonceptivos. Mientras no se enamoran suelen ser astutas, pero cuando pegan el metejón, chau con las pretensiones: el bocho les deja de funcionar y sobreviene el drama. El hombre casi siempre se lava las manos y ellas entonces terminan abortando o quedan embarazadas y después pasan las de Caín. ¿Usted quiere saber cómo son los frecuentadores de la noche? Le contesto que es gente macanuda. El habitué busca la compañía como si se tratara de su pan de todos los días. Por lo general no tolera que la noche lo sorprenda desprevenido, quiero decir sin un par de tragos y alguien que le endulce el oído. Aquí vienen clientes que entran cuando se levanta la persiana y se van a la hora de bajarla. Y oiga bien, algunos ni siquiera se atreven a tocarle la mano a una piba. Nos visitan para sentirse entre amigos, para compartir cuitas y alegrías, lo que sea”.

Habla Estela, 30 años, santiagueña, morena, exuberante, le gustan las cadenas, los collares y las pulseras: “El lujo me atrae como un imán; me gusta empilchar bien y mis compañeras dicen que llevo el signo pesos metido en la mollera. Puede ser, pasé hambre y de chica tenía que turnarme con mi hermana para usar alpargatas un día sí y el otro no. Vine del interior con una prima hermana y juntas nos iniciamos en esto porque nos seducía la idea de bailar, de que nos piropearan y agasajaran. El destino quiso, yo soy fatalista, que mi prima, que es preciosa, conociera a un buen muchacho casi en seguida de meterse en esto. Se enamoraron perdidam6nte y él la sacó de la noche. Ahora están casados y tienen dos nenes divinos, soy la madrina del mayor. Yo tuve otra suerte: todos los hombres de los cuales me enamoré fueron aves de paso; o sea que manejo mi oficio con la mayor habilidad posible: viene un cliente, me invita a tomar una copa, al rato pide otra y a partir de ese momento estoy absolutamente convencida de que mientras él permanece a mi lado, yo constituyo lo más importante. Vengo a hacer algo así como su confesor, su paño de lágrimas, su madre y su amante. Los clientes que frecuentan estos sitios son tipos inestables, de lo contrario, imagínese, se quedarían al lado de sus esposas. No vaya a creer, algunos poseen todo, pero están enviciados. En vez, los realmente desdichados, esos que tienen sobrados motivos para serlo, me cuentan que sus mujeres los engañan, o que son frígidas y no los satisfacen. Otros, en cambio, siguen enamorados de sus señoras, pero ellas prefieren dedicarse a sus hijos. Le daría tema para un libro así de gordo: por aquí desfilaron jueces, abogados, empresarios, médicos; hasta un sacerdote fue amigo mío. Esta penumbra ayuda para que cualquiera de ellos se despoje de su investidura y se largue a contarle todo a una; de sus desengaños políticos, amorosos, económicos. No se crea que soy una sentimental, yo mi trabajo lo conozco al pelo, le diría que soy una profesional eficiente y, por eso, así como me brindo sin límites a los buenos consumidores, a los más cariñosos y agradecidos, no bien compruebo que cae uno de esos típicos noctámbulos que para pagar la segunda copa se andan con rodeos, porque tienen cocodrilos en los bolsillos, a otra cosa. ¡Los planto sin miramientos!”

Habla Elisa, se negó a decir su edad, es cordobesa, pelirroja, menuda, lleva minifalda negra y escaso maquillaje: “Tengo una hija de ocho años que es toda mi vida; trabajo para ella y para nuestro futuro: sé que dentro de poco, cuando la nena tenga doce años, no podré seguir engañándola más, vea lo que son las cosas, yo a mi nena la abandono poco. Cuando me voy ya está dormida (la cuida una vecina a quien le pago) y por ahora le digo que trabajo en una disquería. Eso sí, duermo poco, aprovecho cuando ella se va al colegio, pero almorzamos y cenamos juntas, un privilegio que pueden darse pocas madres que trabajan afuera. A mí me obsesiona que estudie; le compro buenos libros, el año pasado la mandé a una maestra particular porque estaba flojita en aritmética, después repuntó. Podría mentirle, podría mandarme la parte de que me arrepiento de ser una copera, ¿para qué? Yo no conocí otra vida, pasé estrecheces económicas desde que nací; nunca me mimó nadie y aquí los clientes son cariñosos, amables y por eso, de mujer a mujer, le soy franca, no me avergüenzo de intimar con los que me atraen más. Es un lindo intercambio y no se piense que sólo me interesa el dinero, a veces me enamoro como una colegiala y quisiera que ese rato prestado durara para siempre. Soy una luz para desdoblarme: mientras me quedo en casa, limpio, cocino, lavo, plancho, juego con la nena, miramos televisión, la llevo a la plaza o al cine. Los fines de semana arreglé con el patrón para no venir a trabajar. ¡Mi chica está antes!

Este es el juicio que emite Tito, 47 años, porteño, avezado empresario de bares nocturnos : “Luego de quince años de transitar la noche y haber tratado con más de quinientas mujeres, presumo estar en condiciones de opinar que en nuestro negocio hay un 90 por ciento de indolentes, que el día que no trabajan no comen. Mi teoría es que como la plata les llega sin mayores sacrificios, le dan poco valor, la despilfarran. Piense usted que una perito mercantil a menudo no logra redondear los cuarenta mil mensuales; cualquiera de estas chicas, en cambio, no bien se lo proponen son capaces de duplicar esta cantidad sin deslomarse. Me gustaría subrayar el hecho de que ninguna alternadora debe ser mirada con piedad, como si fuera víctima de un destino adverso que se empecina en hostigarla. Quien anda en esto lo hace por gusto, nadie la ha traído de los pelos ni tampoco nadie la detendrá el día que decida marcharse. Se acabaron los tiempos en que era necesario ampararse detrás de un melodrama para justificar cierta clase de vida. Le aseguro que ninguna de las mujeres que viene aquí tiene graves problemas ni conflictos demasiado traumáticos. Hay una excepción, Elisa; es un personaje, una fuera de serie. Ella nunca le contará que sufrió humillaciones desde su infancia: con decirle que a causa del hambre que pasaban en su casa, la enviaron a negociar con su cuerpo cuando tenía doce años. Sin embargo, milagrosamente, es un ser querible y, de alguna manera, digno de respetar”.

La ciudad de Buenos Aires cuenta con unos cuarenta bares de este tenor, que ofrecen el atractivo de unas doscientas mujeres, casi todas de extracción muy humilde aunque dispuestas a elevar su status. En 1976, año en que se llevó a cabo esta investigación, una alternadora que de los treinta días llegaba a trabajar veinte, a fin de mes podía redondear unos 70 mil pesos ley.



Dionisia Fontan | ComoDigoLoQueDigo 2005-2017 - Todos los derechos reservados - dionfontan@hotmail.com


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